
Por: Ubaldo Anaya Florez
A Raymundo lo conocí en medio de mi trabajo periodístico, al comenzar la década del dos mil. Lejos estaba de imaginar que muchos años después sería su paciente.
Un día cualquiera de 2022, un urólogo confirmó que tenía células que afectaban una parte esencial de mi cuerpo. Recibí la noticia con una sorprendente naturalidad y decidí que no tenía nada. Sin embargo, sabía que el camino no sería fácil. “Debes hacer todo el proceso por la EPS, porque es demasiado costoso”, me advirtió, al señalar que un medicamento que debía usar costaba más de dos millones de pesos por dosis. Así inicié el proceso por la EPS para atender algo que no andaba bien en mi cuerpo, aunque mi espíritu estaba convencido de que no tenía nada.
La EPS me remitió con Raymundo, y llegué a su consultorio una mañana. El lugar estaba lleno de personas con rostros tristes, andar cansino y cabellos escuálidos. Mientras esperaba mi turno, escuchaba los murmullos de conversaciones llenas de tragedia, tristeza y desesperanza.
“Ubaldo Anaya, siga donde el doctor”, me llamó una voz detrás de un cristal que dejaba pasar el sonido.
“Ajá, Ubaldo”, me saludó Raymundo. Antes de entrar a su consultorio, una doctora me había hecho una lista interminable de preguntas sobre mi vida y mi salud. Manneh tenía las respuestas, junto con los resultados de los exámenes en su computadora. Tras explicarme las opciones que tenía y ordenar exámenes más complejos, concluyó que, por mi edad, lo mejor era una cirugía, ya que significaba menos riesgos para mi vida.
Ese día, el viejo Ray se convirtió en el Ángel que Dios había enviado para cuidar de mí y enderezar mi camino. Me dijo que había que actuar rápido, confirmando lo que había mencionado el galeno que me remitió a la EPS.
Llamó a su hijo Ray, un joven oncólogo prestigioso que viaja por el mundo dando charlas, para que me recomendara a los mejores especialistas del país. Enseguida, me pasó una lista de médicos en Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga, todos con un gran palmarés.
Además, el Dr. Manneh se comunicó con el director de una IPS especializada en Medicina Nuclear para que me atendieran de manera urgente. Al otro lado de la línea, alguien le contestó y Raymundo dijo: “Te voy a mandar a Ubaldo Anaya para que lo atiendas. No te preocupes por la orden, que yo te la mando después”. La cita fue para el jueves de esa misma semana. Era Dios actuando a través de Raymundo.
Después de realizarme todos los exámenes que me ordenó, volví a su consultorio. Me explicó que la EPS debía autorizar un proceso rápido: suministrarme aquel medicamento costoso y proceder con la cirugía. Me hizo varias recomendaciones y me indicó las rutas de ese largo camino que comenzaba a recorrer, así como los riesgos que podría encontrar.
El recorrido continuó y la EPS me remitió a Barranquilla. La cita fue una mañana del 27 de febrero de 2023. Allí, el oncólogo urólogo me habló de los riesgos de las cirugías; el panorama no era alentador. Me explicó las prohibiciones, los alimentos que debía dejar de lado y cómo podría responder mi cuerpo al tratamiento.
Al día siguiente, una enfermera penetró la esfera de mi ombligo con una inyección que contenía el cargamento de aquella medicina que el urólogo había dicho que no sería fácil asumir. “Esta dosis le servirá para seis meses”, dijo la enfermera.
Regresé a Valledupar y miré de frente los ojos de mi esposa Mildreth y de mi pequeña hija recién nacida. Días antes, el nacimiento de Sofía Selem había llenado mi vida de nuevas energías. Era un verdadero motivo para seguir viviendo. Era ella quien me impulsaba a tener fuerzas y energías suficientes para verla crecer, para cuidarla y cumplir mi rol de papá ante este nuevo y maravilloso ser. Las lágrimas brotaron rápidamente por mi rostro, sin que su pequeña mente pudiera entenderlo. Al otro lado de la cama matrimonial, mi esposa también tenía los ojos húmedos, pensando en el futuro. En todo caso, Dios nunca se fue de mi lado; estaba ahí, con nosotros en ese momento, como hasta ahora.
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Volví donde Raymundo tras tener los resultados del medicamento aplicado en Barranquilla. La cifra bajó del preocupante 14,7 a menos de 1, lo que indicaba cómo se comportaría mi cuerpo. Otra señal Divina. Raymundo me dio nuevamente dos opciones en el largo camino que debía recorrer. Decidí seguir el camino que Dios había escogido.
Durante 28 días hábiles, que significaron casi dos meses, mi cuerpo recibió los rayos necesarios para acabar con esas células malignas. Durante todo ese tiempo, sentí la compañía de Dios. “Se te caerá el pelo; tendrás diarreas y vómitos”, me advirtió el especialista. Agregó que mi piel se cuartearía, como barro reseco, y que bajaría de peso. Sin embargo, nada de eso ocurrió.
El proceso terminó a mediados de julio de 2023. Desde entonces, he realizado los controles y en cada encuentro con el médico, el reporte siempre es positivo. Dios sigue actuando.
Hoy, mientras escribo estas líneas, recuerdo cada encuentro, cada visita y cada atención del personal médico, paramédico, administrativo y de especialistas de Raymundo Manneh y su gran IPS en Valledupar: Sohec.
También atesoro el apoyo emocional que me brindó mi esposa, Mi Amor Bonito, Mildreth Sofía. Ella dedicó cada minuto de su vida a velar por mi tranquilidad, por mi salud, para que pudiéramos superar en familia este camino. Sin duda, su apoyo y el de mis hijos, Cindy Paola, César, Sofía y Sofía Selem, fueron un bastón poderoso para soportar los momentos de crisis que aparecieron. De cada uno de ellos, salí victorioso, de la mano de Dios.
Hoy, mucho tiempo después de aquel reencuentro con el viejo Ray, quiero testimoniar la calidez, la calidad y la oportunidad de la atención y todo el apoyo que me brindaron Raymundo Manneh y su equipo. A usted, viejo Ray, infinitas gracias por ser el instrumento, el Ángel usado por Dios para atravesar el Mar Rojo del cáncer y llegar a la otra orilla para decir: era verdad, Dios me había sanado antes, pero la medicina debía testimoniar la grandeza de quien nos cuida con su mano protectora.
Amén.








