Por: Carolina Zubiría
Hay silencios que pesan más que un acordeón cerrado. Y uno de ellos es la ausencia de hombres como Rafael Escalona.
A 17 años de su partida, el vallenato sigue cantando sus canciones, pero también parece seguir buscándolo. Porque Escalona no era solamente un compositor: era un cronista del alma Caribe. Un hombre capaz de mirar una casa imaginaria y convertirla en eternidad. Capaz de transformar la amistad en himno, como hizo con Jaime Molina. Capaz de volver poesía el polvo de un camino, la sombra de un árbol o una conversación entre amigos.
Hoy el vallenato necesita, más que nunca, un Escalona.
Necesita alguien que vuelva a escribir canciones donde la protagonista no sea únicamente la fama, el lujo o el despecho repetido hasta el cansancio. Hace falta alguien que vuelva a narrar pueblos enteros con cuatro versos. Alguien que convierta personajes cotidianos en leyenda. Que vea magia donde otros apenas ven rutina. Que tenga la sensibilidad suficiente para dibujar casas en el aire… y el talento para hacer que el país entero quiera vivir dentro de ellas.
Porque el verdadero vallenato nunca fue solamente música para bailar. Fue periodismo cantado. Literatura popular. Memoria colectiva. Fue la manera que encontró el Caribe colombiano para contarse a sí mismo antes de que existieran las redes sociales, los podcasts y la inmediatez digital.
Escalona entendió eso mejor que nadie.
Por eso canciones como La casa en el aire, El testamento o La custodia de Badillo siguen respirando décadas después. No envejecen porque no nacieron de una moda: nacieron de la vida. Y la vida, cuando se canta con verdad, nunca pasa de moda.
El legado de Escalona es uno de los pilares del folclor colombiano. Transformó historias cotidianas en relatos musicales memorables y ayudó a proyectar el vallenato al mundo como cofundador del Festival de la Leyenda Vallenata, junto a Consuelo Araújo Noguera y Alfonso López Michelsen. Su cercanía con Gabriel García Márquez confirmó algo que muchos ya sabían: Escalona escribía canciones con alma de novela. Y años después, la telenovela Escalona, protagonizada por Carlos Vives, terminó de inmortalizarlo para nuevas generaciones.
Pero quizá su frase más vigente hoy sea aquella que parece escrita para este tiempo: “Necesitamos más vallenato”.
Y sí. Necesitamos más vallenato del bueno. Más canciones con personajes reales. Más compositores que observen la vida con ternura y picardía. Más historias que huelan a patio, a café, a lluvia sobre tierra caliente. Más juglares y menos fórmulas. Más verdad y menos algoritmo.
Porque cuando desaparecen hombres como Escalona, el vallenato corre el riesgo de quedarse con música… pero sin historias… Y un vallenato sin historias es apenas un acordeón haciendo ruido.
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