Por: Carolina Zubiría
Hay regresos que no solo se sienten en el calendario. Se sienten en el estómago, en la rutina que se reacomoda, en los zapatos nuevos que aún aprietan y en los cuadernos que huelen a páginas en blanco. El regreso a clases siempre ha tenido algo de ritual, de promesa silenciosa.
Para mí, volver al colegio nunca fue una experiencia única, fue una historia partida en dos geografías. Una parte de mi infancia transcurrió en el colegio Manuela Beltrán, en Valledupar. Allí aprendí entre el calor intenso, los recreos ruidosos y una forma de enseñar cercana, casi familiar. El colegio no era solo un lugar de estudio, era un espacio donde uno crecía acompañado, donde los profesores conocían tu nombre, tu contexto y hasta tus silencios.
Luego la vida me llevó a Piedecuesta, Santander, y terminé mi bachillerato en el colegio Centro de Comercio. Otro clima, otra cultura, otra manera de aprender. Más estructura, más exigencia, más énfasis en prepararnos para lo que venía después. Al principio fue un choque. Cambiar de ciudad también es cambiar de reglas no escritas, de acentos, de miradas. Pero con el tiempo entendí que no se trataba de cuál modelo era mejor, sino de que ambos compartían el mismo propósito: formar personas capaces de enfrentarse al mundo con las herramientas básicas del conocimiento, del pensamiento crítico y de la disciplina.
El colegio es eso, aunque a veces lo olvidemos. No es solo madrugar, hacer tareas o presentar exámenes. Es el primer ensayo de la vida adulta. Allí aprendemos a convivir, a equivocarnos, a cumplir horarios, a trabajar en equipo y a descubrir qué nos gusta y qué no. Es el primer paso, muchas veces decisivo, para llegar a la universidad, para soñar con una profesión, para imaginar un futuro distinto.
Por eso, cuando llega el regreso a clases, vale la pena mirarlo con otros ojos. Especialmente desde casa. A los padres de familia, que muchas veces cargan el peso económico, emocional y logístico de la educación de sus hijos, solo se les puede decir gracias. Gracias por insistir cuando hay pereza, por acompañar cuando hay miedo, por hacer malabares para que no falte el uniforme, el transporte o el cuaderno. Motivar a un hijo a ir al colegio no es solo obligarlo a cumplir, es recordarle que alguien cree en su potencial, incluso cuando él todavía no lo ve.
Y a los hijos, a los estudiantes que hoy sienten que el colegio es una carga, un favor incómodo o una rutina interminable, vale la pena decirles algo con honestidad: estudiar es un privilegio que existe gracias al esfuerzo diario de alguien más. Agradecer no cuesta nada y cambia la forma en que se camina ese trayecto. Tal vez hoy no entiendan la dimensión de ese sacrificio, pero algún día, cuando miren atrás, sabrán que cada día de clases fue una oportunidad sembrada.
Regreso a clases: más que cuadernos, oportunidades
El regreso a clases no es solo volver al aula. Es volver a intentar, a aprender, a construir. Es recordar que, sin importar la ciudad, el clima o el método, la educación sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de abrir caminos reales.
Hoy, como entonces, estamos a tiempo. Y si estamos, hay que aprender.
Porque el colegio, aunque a veces no lo parezca, también forma, también marca, también transforma.
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