
La política tiene momentos simbólicos que, aunque duran apenas unos segundos, terminan definiendo semanas enteras de campaña. Eso fue exactamente lo que ocurrió con el famoso “café” entre la candidata presidencial Paloma Valencia y Sergio Fajardo en Barranquilla. Lo que debía ser una imagen de apertura, diálogo y eventual construcción de consensos terminó convirtiéndose en un episodio incómodo que dejó a Paloma expuesta políticamente y debilitó parte del mensaje que venía intentando consolidar en la recta final de la campaña.
La escena fue simple, pero devastadora en términos comunicativos: Paloma buscó acercarse a Fajardo en un momento donde las encuestas la obligaban a ampliar su base política, especialmente hacia sectores de centro. Sin embargo, el encuentro terminó evidenciando lo contrario. Fajardo dejó claro que estaban “en terrenos diferentes”, descartando cualquier posibilidad de alianza. En política, la percepción importa tanto como los hechos, y la percepción que quedó fue la de una candidata rechazando el aislamiento político… mientras otro candidato le cerraba la puerta públicamente.
El problema para Paloma Valencia no fue solamente el desplante. Fue el contexto. Su campaña ya venía enfrentando una presión enorme dentro de la derecha colombiana por el ascenso mediático de Abelardo de la Espriella, quien logró capturar un electorado más emocional, radical y confrontacional. Mientras Paloma intentaba mostrarse como una figura más institucional y preparada, De la Espriella dominaba la conversación digital con un discurso agresivo y altamente viralizable. El café con Fajardo parecía un intento desesperado de romper esa polarización y reposicionarse como una candidata capaz de unir sectores. Pero salió mal.
Paloma Valencia y el episodio viral de Amapola
Y luego vino el otro episodio: Amapola. La hija de Paloma Valencia terminó robándose el cierre de campaña con una frase espontánea —“no estoy firme con la patria”— que muchos interpretaron como una burla indirecta al lema de De la Espriella. El momento fue viral, sí. Generó memes, videos y conversación en redes. Pero también mostró algo delicado: la campaña dejó de girar alrededor de las propuestas de Paloma y empezó a centrarse en episodios virales, tensiones personales y enfrentamientos simbólicos.
Eso es peligroso para cualquier candidatura presidencial. Cuando el debate político se reemplaza por momentos anecdóticos, el candidato pierde control del relato. Y hoy Paloma Valencia parece atrapada justamente en eso: una campaña donde los titulares hablan más de desplantes, indirectas y choques con otros sectores de la derecha que de su programa de gobierno.
Sin embargo, sería un error darla por derrotada. Paloma sigue teniendo una estructura política fuerte, respaldo uribista y experiencia parlamentaria. Pero estos episodios sí dejaron una herida evidente: mostraron a una candidata que todavía no logra definir con claridad qué representa en esta elección. ¿Es la derecha moderada? ¿Es la heredera del uribismo tradicional? ¿Es un puente hacia el centro? ¿O simplemente una opción atrapada entre Fajardo y De la Espriella?
Las campañas presidenciales suelen decidirse por emociones más que por programas. Y en esta semana crucial, las emociones que rodearon a Paloma Valencia no fueron precisamente las de fortaleza y liderazgo, sino las de incomodidad, improvisación y pérdida de iniciativa política. En una elección tan polarizada como la de 2026, eso puede costar muchísimo más de lo que parece.
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