
Por: Carolina Zubiría
Hay momentos en el día en que mi hija corre hacia mí, me abraza fuerte y esconde su cara en mi cuello como si ahí estuviera todo su mundo. Tiene cuatro años y en su inocencia cree que soy su lugar seguro, y tal vez lo soy, o al menos eso intento ser. Pero en medio de ese amor tan inmenso también aparece un miedo profundo, casi irracional, porque cuando uno se convierte en mamá entiende que amar a un hijo es también quedar expuesta al dolor más grande que existe. Yo daría todo, absolutamente todo, porque a ella no le pase nada.
Y es ahí cuando inevitablemente pienso en María, no en la figura lejana ni en la imagen perfecta, sino en María como mamá, como una mujer que también cargó a su hijo, que también lo vio crecer, que guardó recuerdos pequeños sin imaginar que algún día esos recuerdos serían lo único que tendría para sostenerse, porque María también tuvo un hijo pequeño, también lo abrazó sin saber hasta dónde llegaría ese amor.
Pero su historia tomó un rumbo que ninguna madre quisiera vivir, porque hay dolores que no deberían existir y uno de ellos es ver sufrir a un hijo, y peor aún es no poder hacer nada para evitarlo. María estuvo ahí, no se lo contaron, no fue una historia lejana, lo vio con sus propios ojos, vio a su hijo herido, golpeado, humillado, escuchó su dolor mientras el mundo hablaba de salvación y de un propósito mayor, pero para una madre no hay propósito que justifique el sufrimiento de un hijo.
Mientras la humanidad encontraba esperanza en ese sacrificio, una madre se quedaba sin aire, sosteniéndose como podía frente a lo impensable, y es ahí donde María deja de ser solo un símbolo para volverse profundamente humana, cercana, real, porque su grandeza no está solo en la fe, sino en haber amado hasta el final, en haberse quedado incluso cuando ese amor le costaba todo.
Dicen que una madre siempre sabe cuándo algo no está bien, que hay un hilo invisible que la conecta con su hijo incluso en la distancia, y me cuesta imaginar qué sentía María en cada paso hacia ese final inevitable, qué pasaba por su mente al ver cómo el dolor avanzaba y ella no podía detenerlo, cómo se sostiene una madre cuando el sufrimiento de su hijo ocurre frente a sus ojos y no hay abrazo que lo calme, no hay palabras que lo salven, no hay lugar donde esconderlo del mundo, solo queda mirar, solo queda quedarse, solo queda romperse en silencio mientras todo sucede.
Y quizá lo más desgarrador no fue solo ese momento, sino todo lo que vino después, el eco de su voz, los recuerdos que ya no podían repetirse, el vacío de unos brazos que un día estuvieron llenos, porque perder a un hijo no es solo despedirse de una vida, es aprender a vivir con una ausencia que respira en cada rincón, es seguir adelante con el corazón incompleto, es mirar al cielo buscando respuestas que no llegan, y aun así, en medio de ese dolor infinito, María siguió siendo madre, siguió amando a su hijo incluso en la ausencia, incluso en el silencio, incluso cuando lo único que le quedaba era el recuerdo.
Y hoy, mientras abrazo a mi hija, mientras guardo cada risa y cada instante como si fuera eterno, no puedo evitar pensar en ella con otros ojos, entendiendo que el amor de una madre no tiene límites, pero tampoco está a salvo del dolor, y aun así, seguimos amando, sin condiciones, sin garantías, sin vuelta atrás.
Y entonces uno entiende que lo de María no fue solo fe, fue valentía en su forma más pura y desgarradora, porque no cualquiera se queda, no cualquiera mira de frente el dolor sin huir, no cualquiera es capaz de amar incluso cuando ese amor le está rompiendo el alma, y es ahí donde su historia deja de ser lejana y se vuelve profundamente humana, porque María no solo fue la madre de Jesús, fue una madre que soportó lo insoportable, que sintió lo impensable y aun así permaneció en pie. Qué valiente fue María, por sostener un dolor que no le cabía en su pecho y aún así… seguir amando.
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