
Por: Carolina Zubiría
Hay épocas que uno no sabe que está viviendo hasta que pasan. Y de repente, un día cualquiera, suena una canción, aparece una fotografía vieja o alguien menciona una fiesta de hace años y uno se queda pensando en todo aquello que cambió sin que nos diéramos cuenta. Qué ganas de que volvieran esas épocas en las que uno se escapaba a un concierto, aunque al día siguiente tuviera que madrugar; esas noches en las que bailábamos hasta que los pies no podían más y la solución era tan sencilla como quitarnos los zapatos y seguir bailando. No importaba si el piso estaba frío, si el vestido ya no estaba impecable o si al otro día aparecían las consecuencias. Lo importante era que la música seguía sonando y nosotros también seguíamos ahí, disfrutando.
Qué épocas aquellas en las que las fiestas familiares tenían algo que hoy parece casi extraordinario: eran sencillas y, precisamente por eso, eran inolvidables. No hacía falta una decoración espectacular ni un menú diseñado para Instagram. Bastaba con una casa llena, música sonando, niños corriendo, adultos conversando y una enorme bandeja de arroz con pollo que, de alguna manera, siempre alcanzaba para todos. Había alguien que llegaba con una gaseosa, otro que llevaba el postre, una tía que terminaba cocinando más de lo que había planeado y un primo que aparecía sin avisar. Y nadie se molestaba. Al contrario, parecía que así funcionaban las familias: siempre había espacio para uno más.
También extraño esas reuniones en las que el celular no estaba en el centro de la mesa. No porque la tecnología sea mala ni porque debamos vivir añorando un mundo que ya no existe. El mundo cambia y tiene que hacerlo. Gracias a la tecnología podemos comunicarnos con personas que están lejos, acceder a información en segundos, registrar momentos y mantener vínculos que antes se habrían perdido con la distancia. Sería absurdo negar todo lo bueno que nos ha traído la evolución. El problema quizá no está en tener un celular, sino en permitir que el celular termine teniendo nuestra atención cuando lo que tenemos enfrente es mucho más importante.
Antes, cuando alguien contaba una historia, todos escuchaban. Cuando alguien llegaba a la casa, se levantaban a recibirlo. Cuando había una comida familiar, la conversación podía durar más que el almuerzo. Cuando alguien cumplía años, la celebración no consistía en subir una fotografía para demostrar que estuvimos allí: simplemente estábamos allí. Y eso parece una diferencia pequeña, pero no lo es. Hemos aprendido a documentar prácticamente cada instante de nuestra vida, pero a veces se nos olvida vivirlo.
Tal vez por eso uno mira hacia atrás con tanta nostalgia. No necesariamente porque antes todo fuera mejor, sino porque había costumbres que nos conectaban de una manera distinta. Éramos más espontáneos, más cercanos, menos preocupados por cómo se veía nuestra vida desde afuera. Podíamos bailar mal sin preocuparnos por quién nos estaba grabando. Podíamos cantar desafinados sin pensar que alguien iba a publicar el video. Podíamos repetir una historia diez veces porque nadie estaba pendiente de revisar una notificación mientras hablábamos.
El mundo cambió, pero todavía podemos volver a encontrarnos
Y quizá eso es lo que deberíamos recuperar: no el pasado completo, sino algunas de esas pequeñas cosas que nos hacían sentir familia, comunidad y compañía. Que podamos seguir avanzando sin perder la costumbre de reunirnos. Que podamos utilizar la tecnología sin permitir que nos quite la conversación. Que podamos tener redes sociales sin convertir nuestra vida en una competencia permanente por demostrar quién está más feliz, quién viaja más, quién celebra mejor o quién tiene la fotografía más bonita.
Qué chévere sería que volvieran un poco esas épocas. Volver a escaparnos a un concierto, volver a bailar hasta quitarnos los zapatos, volver a las fiestas donde el arroz con pollo era suficiente para hacer feliz a todo el mundo, volver a las reuniones familiares donde la mejor conexión no era la del Wi-Fi, sino la que había entre quienes estaban sentados alrededor de la misma mesa.
No quiero que el mundo deje de evolucionar. Quiero que evolucione sin hacernos olvidar quiénes somos. Porque quizá el verdadero desafío de estos tiempos no sea aprender a manejar todas las nuevas herramientas que tenemos a nuestra disposición, sino aprender a usarlas sin perder nuestra esencia. Que sigamos siendo familiares, cercanos, espontáneos, únicos y auténticos. Que nuestros hijos conozcan también esa felicidad que no necesita filtros, likes ni una pantalla para existir.
Porque al final, cuando pase el tiempo, probablemente no recordaremos cuántas publicaciones hicimos, cuántos mensajes enviamos o cuántas fotografías quedaron almacenadas en el teléfono. Recordaremos aquella canción, aquella fiesta, aquella mesa llena de gente, aquel concierto al que nos escapamos, aquella noche en la que terminamos bailando descalzos y, sobre todo, recordaremos con quién estábamos cuando fuimos felices sin preocuparnos por demostrarlo.
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