
Por: Carolina Zubiría
Creo que hemos perdido el rumbo.
Y no lo digo porque tengamos diferencias políticas. Las diferencias son necesarias. Una democracia sin discusión, sin oposición y sin personas dispuestas a cuestionar al poder sería una democracia vacía. El problema es que poco a poco hemos ido confundiendo la crítica con el insulto, la oposición con el ataque personal y la política con una pelea en la que parece que todo vale.
Hoy quiero levantar mi voz como periodista y como mujer.
Y quiero hacerlo con algo muy claro: no comparto muchas cosas con la señora Cielo Gnecco. No tengo por qué compartirlas. Como ciudadana y como periodista tengo todo el derecho a cuestionar sus actuaciones políticas, sus decisiones, su trayectoria y las posiciones del grupo que representa. En democracia, quienes tienen poder deben estar sometidos al escrutinio público y a la crítica.
Pero una cosa es criticar a una persona por su actuación política y otra muy distinta es utilizar la humillación, la ofensa o el desprecio para intentar destruirla como persona.
Por eso rechazo lo ocurrido con la publicación realizada por Carlos Barbosa contra Cielo Gnecco.
Y lo rechazo precisamente porque creo que la política no puede convertirse en una licencia para perder el respeto.
Podemos estar en desacuerdo. Podemos enfrentarnos políticamente. Podemos decir que alguien se equivocó, que tomó una mala decisión, que su gestión merece ser cuestionada o que no estamos de acuerdo con el grupo político al que pertenece. Podemos hacer oposición y podemos hacerlo con toda la contundencia que sea necesaria.
Lo que no deberíamos hacer es creer que para demostrar que tenemos razón necesitamos humillar al otro.
Porque cuando el argumento se acaba y aparece el insulto, algo ya salió mal.
Y esto no es solamente un problema de Cielo Gnecco, de Carlos Barbosa o de la política del Cesar. Es un problema de todos.
Nos hemos acostumbrado a una política de redes sociales en la que parece que gana quien publica la frase más agresiva, quien consigue más comentarios, quien logra que una imagen se vuelva viral o quien consigue ridiculizar primero al adversario. Y lo peor es que muchas veces nosotros mismos ayudamos a que eso ocurra: compartimos, comentamos, celebramos y convertimos la agresión en espectáculo.
Así, poco a poco, vamos normalizando lo que no deberíamos normalizar.
Hoy insultan a una mujer porque pertenece a determinado sector político. Mañana insultarán a otra porque piensa diferente. Después será una concejal, una diputada, una candidata, una alcaldesa, una periodista o cualquier mujer que decida participar en la vida pública.
Y entonces nos preguntaremos por qué cada vez son menos las mujeres que quieren exponerse a la política.
Colombia, además, ya reconoce que existen formas específicas de violencia contra las mujeres en política. La Ley 2453 de 2025 contempla manifestaciones verbales, psicológicas, morales, digitales y simbólicas, entre otras, y establece medidas para prevenir, atender y sancionar este tipo de violencia. Pero también es importante ser responsables: que una expresión sea ofensiva no significa automáticamente que, desde el punto de vista jurídico, constituya violencia contra una mujer en política. Eso depende del contexto, del contenido, de la existencia de elementos relacionados con el género, del impacto y de su relación con el ejercicio de los derechos políticos.
Y justamente por eso creo que debemos tener cuidado con la manera en que hablamos.
No se trata de callar la crítica, no se trata de proteger a los políticos de las opiniones ciudadanas, no se trata de decir que porque alguien es mujer no puede ser cuestionada, todo lo contrario, las mujeres que participan en política tienen derecho a ser cuestionadas, investigadas y confrontadas exactamente como cualquier otra persona que ejerza una función pública. Lo que no podemos aceptar es que la condición de mujer se convierta en una razón adicional para atacarlas, humillarlas o descalificarlas.
Dignidad en redes sociales: cuando la política se convierte en ataque
Porque una cosa es decirle a una mujer política: «No estoy de acuerdo con usted». Y otra muy diferente es decirle: «Usted merece ser destruida».
Ahí hay una diferencia enorme. Y esa diferencia importa.
También me preocupa que estemos perdiendo la capacidad de distinguir entre el adversario y el enemigo. El que piensa diferente no necesariamente es nuestro enemigo. Puede ser nuestro contradictor, nuestro opositor, incluso alguien con quien jamás compartiríamos una propuesta política. Pero sigue siendo una persona.
Y eso debería bastarnos para recordar que hay límites que no necesitamos cruzar.
La política del Cesar necesita más argumentos y menos insultos. Necesita más debate y menos odio. Necesita que nos digamos las cosas de frente, pero con razones. Necesita periodistas capaces de preguntar incómodamente, ciudadanos capaces de exigir respuestas y dirigentes capaces de soportar la crítica sin convertir cada diferencia en una guerra personal.
Porque mientras nosotros nos desgastamos peleando por quién insultó mejor al otro, hay ciudadanos esperando soluciones.
Hay familias esperando oportunidades, hay jóvenes buscando empleo, hay comunidades esperando obras, hay mujeres luchando por abrirse espacio.
Hay problemas reales que no se resuelven con una publicación ofensiva ni con una pelea en redes sociales, y quienes hacemos parte de la conversación pública tenemos una responsabilidad enorme.
No podemos pedir una política diferente mientras seguimos alimentando las mismas prácticas que criticamos; no podemos hablar de respeto cuando solamente exigimos respeto para los nuestros; no podemos defender la dignidad de una persona dependiendo de si votamos por ella.
La dignidad no puede tener partido político. Ese es precisamente el punto que quiero dejar hoy.
No estoy escribiendo para defender políticamente a Cielo Gnecco. Estoy escribiendo para decir que no necesitamos destruir a una persona para cuestionar sus ideas.
Y tampoco estoy diciendo que Carlos Barbosa no tenga derecho a criticarla. Claro que lo tiene. Tiene derecho a oponerse, a cuestionar, a denunciar y a expresar sus desacuerdos.
Pero tener derecho a hablar no significa que todo lo que digamos sea necesariamente correcto, necesario o responsable.
Las palabras también tienen consecuencias.
Y más todavía cuando salen de personas que tienen visibilidad pública y llegan a miles de ciudadanos en cuestión de minutos.
Por eso creo que debemos recuperar algo que parece sencillo, pero que estamos perdiendo: la decencia.
Podemos ser contundentes sin ser crueles.
Podemos hacer oposición sin odiar, podemos denunciar sin humillar, podemos cuestionar al poderoso sin destruir al ser humano, podemos decir «no estoy de acuerdo contigo» sin convertir al otro en basura.
Eso también es hacer política.
Hoy levanto mi voz porque soy periodista, pero también porque soy mujer. Y porque no quiero una política en la que para enfrentarnos tengamos que degradarnos.
No quiero una política en la que las mujeres tengan que aguantar insultos para demostrar que son fuertes.
No quiero una política en la que la agresión se disfrace de valentía, rechazo esa política en la que el que más hiere sea considerado el que más ganó.
Quiero una política en la que podamos discutir duro, pero pensar, una política en la que podamos enfrentarnos, pero argumentar. Un espacio político en el que podamos decir «no más» sin necesidad de convertir al otro en nuestro enemigo.
Porque quizás hemos llegado al punto en el que necesitamos hacer una pausa y preguntarnos algo muy sencillo:
¿En qué momento dejamos de hacer política para empezar a hacernos daño?
Ojalá recuperemos el rumbo, y entendamos que la crítica no necesita insultos para ser fuerte, que además podamos aprender que la oposición no necesita humillación para ser contundente.
Y ojalá recordemos que, detrás de cada apellido, de cada partido, de cada ideología y de cada disputa política, sigue habiendo una persona.
Que la política vuelva a ser política.
Que las ideas vuelvan a enfrentarse con ideas.
Y que, por encima de cualquier diferencia, la política nos devuelva la dignidad.
Te puede interesar: ¿Cesó la horrible noche?




