
El corazón de mi amigo Pacho, no le estaba funcionando, Aquel día que le dio un infarto quedó grabado en mi memoria como una escena en cámara lenta. Todo ocurrió rápido, pero en mi recuerdo el tiempo se estiró, como si la vida hubiera decidido advertirnos con anticipación que algo estaba a punto de romperse. Hasta ese momento, la rutina era la de siempre: una conversación ligera, una risa compartida, la sensación engañosa de que todo estaba bajo control.
De pronto, esa normalidad se volvió frágil como cristal. Vi en sus ojos el sobresalto, la incredulidad, y en los nuestros apareció ese miedo primitivo que surge cuando alguien que quieres, alguien cercano, se tambalea bajo el peso de algo tan humano y tan silencioso como un latido que falla, el miedo de que su corazón dejara de funcionar por completo se apodero de mí.
En Colombia, esta experiencia no es una excepción ni un episodio aislado. Las cifras lo confirman con una contundencia que estremece. Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo una de las principales causas de muerte en el país y, dentro de ellas, las condiciones isquémicas del corazón, como los infartos, representan una proporción alarmante.
Según la Organización Mundial de la Salud, en 2020 estas enfermedades causaron más de 43 mil muertes en Colombia, cerca del 21 % del total de fallecimientos registrados ese año. Lejos de disminuir, la tendencia ha ido en aumento. Datos del DANE indican que durante 2022 las muertes por enfermedades del corazón y otras afecciones cardiovasculares superaron las 70 mil, un incremento del 35 % frente al año anterior.
Sin embargo, ninguna cifra logra dimensionar lo que ocurre cuando el infarto deja de ser estadística y se vuelve experiencia. Detrás de cada número hay llamadas hechas con la voz temblorosa, carreras contra el tiempo, salas de espera donde los minutos pesan más que nunca. Vivir un infarto de cerca es escuchar el sonido constante de los monitores, observar cómo el personal médico se mueve con precisión y urgencia, cómo cada examen y cada diagnóstico se pronuncia con cuidado, casi con respeto. Es entender que, en ese instante, la vida depende de decisiones rápidas y manos expertas que no pueden fallar.
En medio de esa espera apareció la fe. No como un discurso elaborado ni como una certeza absoluta, sino como una necesidad. Mi oración fue sencilla, casi torpe, nacida del miedo y del amor. Oré sin fórmulas, sin palabras grandilocuentes, con la urgencia de quien solo sabe pedir que el corazón vuelva a encontrar su ritmo. Oré mientras los médicos hacían su trabajo, comprendiendo que la fe no compite con la ciencia, sino que camina a su lado cuando la incertidumbre se instala y no hay respuestas inmediatas.
Un corazón que me cambió la forma de ver la vida
Sentir miedo en esos momentos no es debilidad; es conciencia. Es aceptar que nuestros cuerpos no son invencibles y que la vida no viene con garantías. Tal vez ahí esté la lección más dura y más necesaria: reconocer nuestra vulnerabilidad. Creemos estar a salvo, firmes sobre tierra conocida, hasta que de pronto nos descubrimos en mar abierto, aprendiendo a remar mientras el viento cambia sin previo aviso.
Ese día también aprendí sobre la fuerza del amor cuando se convierte en acción. La familia que no se mueve del hospital, los abrazos que sostienen más que las palabras, las presencias silenciosas que acompañan sin exigir explicaciones. Y aprendí, sobre todo, que la amistad se redefine en estos momentos. La nuestra no salió intacta; salió más profunda. Después de mirar la muerte de cerca, los silencios adquieren otro peso, los encuentros se vuelven más valiosos y las conversaciones dejan de ser superficiales.
Afortunadamente, Pacho siguió con nosotros. Superó ese momento de incertidumbre que nos dejó sin aliento y nos recordó, sin proponérselo, el valor de cada latido de su corazón. Desde entonces, la vida se siente menos automática y más consciente. Cuidar el corazón es un acto de amor propio y por los demás. Puede sonar a consejo repetido, pero es una invitación urgente a cuidar la vida de nuestros amigos antes de que el miedo sea quien nos obligue a hacerlo.
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