
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera
Ibagué, Colombia, 24 de mayo de 2026
La discusión contemporánea sobre inteligencia artificial se ha convertido en una disputa teológica disfrazada de debate tecnológico, los catastrofistas, tecnooptimistas y aceleracionistas aparentan posiciones opuestas, pero comparten una misma estructura metafísica, todos describen la inteligencia artificial como una fuerza autónoma que avanza hacia un destino inevitable, unos anuncian la extinción humana, otros prometen abundancia y trascendencia y los otros sostienen que el proceso debe acelerarse; La estructura profunda es la misma, la tecnología aparece como sujeto de la historia y el ser humano queda desplazado de la explicación del mundo.
La narrativa de la superinteligencia desmaterializa las condiciones reales de producción de la infraestructura tecnológica y oculta las relaciones económicas y políticas que sostienen el sistema contemporáneo de inteligencia artificial, estos dispositivos discursivos buscan construir una verdad en donde el problema deja de ser quién controla los datos, quién posee los centros de datos, quién explota los minerales estratégicos o quién concentra la capacidad computacional mundial; el debate lo han trasladado hacia una promesa abstracta sobre entidades futuras que superarán la inteligencia humana y llevarán a la especie al paraíso o el Fin.
Ray Kurzweil en The Singularity Is Near, publicado en 2005 por Viking Press en Nueva York, el libro plantea que la inteligencia artificial alcanzará un punto de crecimiento exponencial donde la distinción entre humano y máquina perderá sentido, así mismo Nick Bostrom, en Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, publicado por Oxford University Press en 2014, describe escenarios donde sistemas artificiales podrían superar la capacidad humana de control, igualmente Eliezer Yudkowsky desarrolla hipótesis similares sobre alineamiento y riesgo existencial; En todos estos casos aparece una misma operación conceptual, la historia deja de ser explicada desde relaciones sociales y pasa a ser organizada alrededor de la autonomía creciente de la IA.
El aceleracionismo comparte esa arquitectura, Nick Srnicek y Alex Williams, en Inventing the Future, publicado por Verso Books en 2015, sostienen que la automatización puede reorganizar la producción y abrir escenarios postcapitalista, en cambio Nick Land, autor del libro Fanged Noumena, publicado por Urbanomic en 2011, radicaliza esa lógica y presenta la dinámica capital-tecnología como un proceso autónomo de intensificación que excede la capacidad humana de dirección. Las diferencias políticas entre estas corrientes son evidentes, pero las une una premisa común, el capitalismo tecnológico aparece como fuerza expansiva imposible de detener.
En esta estructura, el ser humano deja de ocupar el centro de la producción de sentido, valor y conocimiento. La inteligencia es separada de su base material y convertida en principio abstracto de evolución histórica, el transhumanismo funciona precisamente en ese punto, no únicamente como fantasía de cuerpos aumentados o inmortalidad digital, sino como filosofía donde la condición humana aparece como una fase limitada que debe ser superada por formas superiores de procesamiento cognitivo.
Timnit Gebru y Émile Torres describen parte de esta constelación ideológica en “The TESCREAL Bundle: Eugenics and the Promise of Utopia through Artificial General Intelligence”, publicado en 2023 en Georgetown Journal of International Affairs. Allí identifican la convergencia entre transhumanismo, singularitarianismo, extropianismo, cosmismo, racionalismo, altruismo efectivo y largoplacismo. Todas estas corrientes sitúan la inteligencia como eje absoluto del destino histórico.
El problema es que esa metafísica tecnológica oculta la materialidad concreta del sistema, la inteligencia artificial no flota en el vacío, existe porque hay litio extraído en América Latina, cobalto obtenido en minas africanas, tierras raras procesadas en Asia, redes submarinas de fibra óptica, satélites, centros de datos, consumo energético masivo y millones de trabajadores invisibles clasificando datos, moderando contenido y entrenando modelos algorítmicos, mientras la humanidad es saqueada y raptada de su lenguaje, su conocimiento y su trabajo.
Karl Marx llamó general intellect al conocimiento social acumulado. Lo desarrolló en los Grundrisse, escritos entre 1857 y 1858 y publicados posteriormente por Dietz Verlag en Berlín. Ese intelecto general hoy es absorbido por sistemas privados de inteligencia artificial entrenados con bibliotecas digitales, archivos abiertos, conversaciones humanas y producción cultural global. El conocimiento colectivo es reorganizado como capital computacional. El lenguaje, la memoria y el trabajo cognitivo son condensados dentro de infraestructuras privadas de procesamiento.
La superinteligencia aparece entonces como una imagen invertida de la humanidad, una síntesis artificial construida a partir del conocimiento histórico humano, pero separada de los cuerpos y las comunidades que produjeron ese conocimiento, entonces la máquina es presentada como entidad autónoma mientras desaparecen de la escena las relaciones de explotación, dependencia y concentración de poder que hicieron posible su existencia.
La función ideológica de estos discursos consiste precisamente en ocultar esas cadenas materiales, la narrativa teleológica convierte decisiones políticas en procesos inevitables y la concentración de infraestructura tecnológica aparece como destino evolutivo, la subordinación económica es traducida como avance civilizatorio, mientras la automatización del lenguaje y del conocimiento es presentada como etapa natural del desarrollo humano.
Sin embargo, la infraestructura tecnológica no constituye una fuerza sobrenatural ni un sujeto autónomo de la historia, sigue siendo una construcción política, económica y material organizada por relaciones concretas de propiedad y control, la discusión sobre inteligencia artificial no debería reducirse a escenarios abstractos de salvación o extinción, sino incluir preguntas sobre soberanía tecnológica, propiedad de los datos, control democrático de la infraestructura y retorno social del intelecto general que alimenta estos sistemas.
La disputa real no enfrenta optimistas contra pesimistas tecnológicos, la disputa enfrenta dos formas de entender la historia, la de aquellos que convierte la tecnología en destino metafísico y de quienes insiste en que las sociedades todavía pueden decidir los límites, la propiedad y la dirección política de las infraestructuras que producen.
Contenido del mismo autor: El Doble credo








