Por: Elba Bonet
Hoy en día, la intolerancia y la velocidad parecen ser la constante en la ciudad. Vivimos con el estrés a flor de piel, con la mente acelerada y las emociones desbordadas. La salud mental se ha visto afectada, llevándonos a un ritmo de vida en el que las revoluciones siempre están al máximo.
Todo ha cambiado. Nos dejamos llevar por las prisas y tomamos decisiones sin pensar en las consecuencias. Me sorprende la creciente cantidad de accidentes que han cobrado vidas dejando familias destrozadas, amigos inconsolables y una sociedad que parece que olvida rápido este mal accionar. No solo sufren quienes pierden a un ser querido, sino también aquellos que, de alguna manera, acompañan el proceso de los victimarios.
No quiero sonar prejuiciosa, pero debemos aceptar que el “diablo es puerco” y que el alcohol nunca es un buen compañero cuando se trata de conducir. Ya es hora de dejar atrás la idea de que “con dos tragos no pasa nada”. La vida puede cambiar en un segundo, y una decisión irresponsable al volante puede marcar el destino de muchas personas.
Por otro lado, ¿por qué nos hemos vuelto tan intolerantes? ¿Por qué cada vez es más común recurrir a la violencia en lugar de resolver nuestras diferencias con diálogo? Parece que tener un arma o recurrir a la agresión se ha convertido en una respuesta fácil ante cualquier desacuerdo. Tal vez estas actitudes siempre han existido, pero ahora las redes sociales nos permiten verlas con más frecuencia y darnos cuenta de cuán intolerantes nos hemos vuelto.
LE SUGERIMOS. No podemos permitir que esto se repita ¡Exijamos justicia!
Puede que haya mezclado dos temas que para algunos son distintos, pero, para mí, tienen un punto en común: la necesidad de detenernos, de bajar las revoluciones y de pensar en las repercusiones de nuestras acciones. Nuestras decisiones no solo nos afectan a nosotros, sino también a nuestras familias, amigos y a la sociedad en general. La vida es un instante, y cada uno de nosotros está aquí de paso. Depende de casa quien el destino a tomar: construir o destruir el camino que recorremos. La vida es para vivirla sin afanes y no destruirla en un instante.

