
Por: Carolina Zubiría
Hay personas que pasan por la vida dejando recuerdos. Otras dejan enseñanzas. Y hay quienes, sin proponérselo, terminan convirtiendo su propia historia en una lección para quienes vienen detrás. Fabio Andrés Torres Molina, ‘El Rector’, fue de esos.
Su historia no comenzó con privilegios ni con un camino despejado. Comenzó, como comienzan muchas historias de éxito, con dificultades, tropiezos y oportunidades que parecían pequeñas. Pero Fabio entendió algo que terminaría marcando su vida: un sueño no sirve de mucho si no se convierte en un propósito.
Desde muy joven se acercó al mundo de las artes gráficas. Empezó haciendo mandados, aprendiendo desde abajo, observando y descubriendo que aquello que tenía entre sus manos podía convertirse en una profesión y, posteriormente, en una empresa.
Y lo hizo.
Construyó Zona Creativa, se abrió un espacio en el mundo de la publicidad y terminó siendo una figura fundamental alrededor de la industria musical vallenata. Acompañó artistas, creó campañas, produjo eventos y ayudó a convertir ideas en realidades.
Pero quizá su mayor proyecto no fue una campaña ni un lanzamiento musical. Fue su propia vida.
Fabio entendió que contar cómo había llegado hasta allí podía servirle a alguien que todavía estaba comenzando. Por eso escribió Cumplir mi sueño, mi plan favorito. No era solamente un libro. Era la manera de decirle a otros que los sueños también necesitan disciplina, planificación, perseverancia y, sobre todo, decisión.
En sus últimos meses parecía tener más ganas de soñar que nunca.
Hablaba de conferencias, de nuevos proyectos, de llevar su mensaje a más personas. Cuatro días antes de su muerte compartió un mensaje en el que hablaba precisamente de ese propósito: inspirar y demostrar que los sueños se cumplen cuando existe compromiso con ellos.
Y ahí aparece la parte más difícil de esta historia.
Fabio se fue cuando todavía tenía sueños por cumplir.
Y eso debería hacernos pensar.
Porque muchas veces vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Dejamos para después el proyecto, la llamada, el abrazo, el viaje, el libro, la idea que llevamos años aplazando. Decimos “algún día”, sin saber realmente cuánto tiempo tenemos.
La muerte de Fabio nos recuerda, de una manera dolorosa, que la vida no siempre respeta nuestros calendarios.
Quizás el verdadero legado de Fabio Torres no está solamente en las empresas que construyó, los artistas que acompañó o los escenarios que conquistó.
Está en la pregunta que deja abierta:
¿Qué estamos haciendo hoy con nuestros propios sueños?
Porque soñar es fácil. Lo difícil es levantarse todos los días y trabajar por aquello que todavía no existe.
Fabio lo hizo. Se cayó, aprendió, comenzó desde abajo, construyó, volvió a soñar y decidió compartir el camino para que otros también se atrevieran.
Hoy su historia nos recuerda que no debemos esperar a tener el momento perfecto para empezar.
Hay sueños que necesitan un plan. Hay sueños que necesitan valentía. Y hay sueños que simplemente necesitan que dejemos de aplazarlos.
Porque al final, la vida no se mide únicamente por los años que alcanzamos a vivir, sino por aquello que fuimos capaces de construir, amar y dejar en los demás.
Fabio tenía sueños.
Y quizás esa sea la última lección que nos deja:
No esperemos a perder el tiempo para descubrir cuánto valía. Hagamos hoy eso que algún día agradeceremos haber intentado.
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