
Por: Andrés Molina (RG)
Cuando la entonces doncella Rita Molina vio llegar a Patillal, montado sobre un fino corcel, a don Roberto Pavajeau, se dijo a sí misma: “Este es el hombre mío”. Rita Lucía Molina Maestre era una esbelta joven patillalera, rodeada de varios hermanos (uno de ellos mi abuelo Hernando Molina Maestre).
Roberto Marcelo de los Dolores Pavajeau Monsalvo –su nombre completo–, acababa de llegar de Filadelfia, Pensilvania (Estados Unidos), tras graduarse como odontólogo en 1917. En esa época, salir a estudiar fuera de Valledupar era un privilegio reservado para las familias más pudientes que en el mejor de los casos enviaban a sus hijos a Bogotá, Medellín o Barranquilla. Pero hacerlo a otro país, como el caso de don Roberto, era, además, toda una odisea que implicaba un viaje en barco de varios días y luego en tren hasta el destino final. Roberto era lo que hoy llamaríamos un partidazo: joven, apuesto, profesional, soltero y rico heredero.
Así que cuando la joven Rita –ya en edad de merecer– vio llegar a don Roberto, montado a caballo, con un elegante sombrero poco común para la región, y un atuendo impecable, quedó prendada de él en el acto y le puso el ojo encima hasta conquistarlo con sus encantos. No solo fue amor a primera vista, sino también su tiquete de salida de la casa paterna y del villorrio que era el Patillal de entonces.
De la unión de don Roberto y Rita nacieron Juan Bautista, Armando, Carmen, Cecilia, Judi, Aida, María Ester, Roberto (“El Turco”) y Darío. (Escribo este texto sin tener a la mano los libros de genealogía de Fello Mestre, así que ofrezco excusas por alguna omisión o error en el listado)
Darío, el anfitrión de la música vallenata
Por coincidencias de la vida, la noticia de la muerte de Darío Pavajeau me sorprende en Francia, a donde acompaño a mi esposa en la promoción de su empresa de diseño. Francia es el origen de muchas familias que se asentaron en el norte de Colombia, especialmente entre Villanueva y Valledupar, como los Lacouture, los Lafaurie, los Dangond, los Pavajeau y los Baute, entre otros.

También la muerte de Darío ocurre un primero de agosto, el mismo día del natalicio de Consuelo Araujonoguera –mi madre–, gran amiga de Darío y de su queridísima esposa María Elisa Baute.
La anécdota del encuentro entre Rita y don Roberto Pavajeau me la contó, muchos años atrás, Silvia Eugenia Pavajeau Baute, y la traigo a colación a raíz de la sensible desaparición de su padre.
Darío Pavajeau fue muchas cosas a la vez. Como la icónica canción de su amigo Alonso Fernández Oñate, fue “parrandero, enamorado y cantador/ ganadero, algodonero, gallero y agricultor”. También apasionado hincha del Barcelona y amigo de sus amigos. Fue tantas cosas a la vez que haber sido alcalde de Valledupar por 2 años parece una de las facetas menos importantes de su vida. Tenía en perfecto equilibrio la bonhomía y la elegancia de los Pavajeau, y la timidez e introversión de los Molina. Pero, a mi juicio, Darío fue –por encima de todo– el anfitrión por excelencia de la música vallenata.
Darío formó parte de esa pléyade de dirigentes vallenatos que enhorabuena se les dio por institucionalizar en un festival lo que antes se hacía en parrandas informales en casas de amigos, o bajo cualquier palo de mango. Junto a los otros fundadores del Festival Vallenato –López, Escalona, Consuelo, entre otros–, Darío y su hermano Roberto “El Turco” Pavajeau contribuyeron de manera decisiva a la difusión de la música vallenata por la región y a la consolidación del Festival como uno de los eventos culturales más importantes del país.

Muchísimo le debe Valledupar y el Festival Vallenato a Darío Pavajeau. Dos casas acunaron al Festival Vallenato en sus primeros años: la icónica casona de la plaza Alfonso López, de Hernando Molina y Consuelo –mis padres– y la casa de Darío y María Elisa en el barrio Novalito.
La de estos últimos era una embajada de puertas abiertas, donde la exquisitez y las finas maneras impresionaban a locales y foráneos. Dicha casa hospedó a muchos cachacos ilustres que acudían anualmente a la cita festivalera como Juan Manuel y Enrique Santos, el periodista Daniel Samper Pizano, Camilo Cano –hijo del inmolado Guillermo Cano–, y también a costeños entrañables como el dirigente conservador sanjacintero Rodrigo Barraza y su hijo Juan Manuel Barraza, y a los esposos Juan José “Juancho” García Romero y Piedad Zuccardi. A propósito de esta última pareja, cada vez que llegaba a casa de Consuelo un pie de coco era la señal inequívoca de que Juancho y Piedad ya estaban en Valledupar, hospedados, por supuesto, en casa de los Pavajeau Baute.
Siempre me impresionó gratamente entrar a esa casa y encontrar todo en su puesto, sin que faltara o sobrara algún detalle. El acto más sencillo como un desayuno, se convertía en casa de los Pavajeau Baute en un ritual de elegancia y buen gusto, donde lo cotidiano se elevaba a momento memorable. A guisa de ejemplo, una arepa e’ queso con carne molida era transformada en alta cocina: la carne molida adobada con rodajas de aceitunas, unas veces, o mezclada ligeramente con huevos revueltos, en otras, le daba ese toque gourmet que hace la diferencia. La arepa asada a la brasa en hojas de bijao o plátano, quedaban a punto con el queso ligeramente tostado, y con unos toques de anís, para los paladares exigentes.

En esto hay que hacerle un justo reconocimiento a María Elisa Baute, su esposa, por ser el timonel del barco familiar. Ella era la encargada de poner orden en las parrandas, cuya definición sería la de ser un desorden organizado. Ella supervisaba cada detalle de fina coquetería y velaba para que, por mucho que estuviera avanzada la parranda, no se perdiera nunca la elegancia y las buenas maneras.
En casa de los Pavajeau Baute nunca faltó un buen acordeonero, pero tres resaltaron sobre los demás: Colacho, Alfredo y El Cocha. Colacho Mendoza era amigo personal de Darío. Una amistad forjada en incontables parrandas e innumerables amaneceres. De Alfredo Gutiérrez hay que decir que los hermanos Pavajeau (Darío y el Turco) fueron los mayores defensores de su estilo rebelde y con justa razón, porque Gutiérrez revolucionó en su momento la música vallenata. Del Cocha Molina podría decirse que Darío fue uno de sus principales mentores y promotor.
Como en otra canción vallenata, Tiempos idos, de Poncho Cotes, Darío Pavajeau “nunca ambicionó el dinero porque no le interesó”, pero sí gozó en vida las cosas que más quiso: su mujer, sus hijos, sus nietos, las parrandas y los amigos. Por ello, gastó gran parte de su pecunio en educar a sus hijos y en atender a sus amigos. Era un hombre desprendido de las posesiones materiales.
Darío Pavajeau era, quizás, el vallenato con las mejores relaciones públicas del país. Sin embargo, nunca abusó de esa posición de privilegio. Su timidez y sencillez se lo impedían. Cuentan sus amigos que cuando Juan Manuel Santos asumió la presidencia lo llamó a saludarlo y le preguntó en qué podía ayudarlo, Darío se rehusó a hacer petición alguna. Así era él. Posteriormente, Santos, casi en contra de su voluntad, lo designó como su delegado en el Consejo Directivo de Corpocesar, donde cumplió un honroso papel.
Darío fue un gran ser humano. Con un corazón bondadoso y un alma noble, amigo de todos, incapaz de hacer el mal a alguien.
Si en la tierra fue el anfitrión de tantas parrandas inolvidables, quiero imaginar que este primero de agosto, Consuelo, cansada de atender gente sola en el Olimpo Vallenato, vino por él, para que reciba a quienes llegan al Festival Vallenato Celestial, con la misma sonrisa discreta, la misma elegancia y la misma hospitalidad con que durante décadas abrió las puertas de su casa en Valledupar. Allá lo esperan Colacho, Escalona, López, Andrés Becerra, la Polla Monsalvo y Lalo Montero, entre muchos otros amigos que partieron antes que él.
Descansa en paz, Darío.
A María Elisa, a Silvia, Vicky y Ché, mi aprecio y mi cariño sempiterno.
Contenido relacionado: Darío Pavajeau Molina falleció y enluta al folclor vallenato




