Plaza Alfonso López de Valledupar
Por Ubaldo Anaya Flórez
La Esperanza florece en medio de la tristeza. Tengo que admitirlo. Siento miedo, como cualquier ciudadano, al conocer de los muertos o infectados por el coronavirus. Gracias a Dios, el periodismo aún no me ha hecho insensible ante tantos muertos. Ante tantas malas noticias. Ante tanto pánico que los mismos periodistas ayudamos a generar.
Pero cada día, doy gracias a Dios por estar vivo. Cada día, al amanecer, en mis oraciones, pido por la salud del mundo. Entre todos, atravesaremos este mar muerto del coronavirus.
Nuestro mundo cambió hace más de un año. Nuestra forma de saludarnos. Desaparecieron los abrazos. Se fueron los encuentros y nuestras conversaciones se volvieron virtuales.
Extraño las reuniones. Los encuentros. La algarabía de otros tiempos. Sin embargo, nada pasa sin razón alguna.
Cada momento. Cada situación. Cada crisis. Cada caída de nosotros tiene un propósito. Debemos entender cuál es el propósito que tiene para nosotros esta realidad.
Hemos visto caer a personas lejanas, que sólo son cifras en la estadística mundial. Pero también hemos visto morir a personas cercanas, amigos entrañables, familiares queridos, hermanos maravillosos, padres adorables, hijos inolvidables.
Ellos han partido de nuestro lado, dejando un inmenso vacío, un gran dolor y una pena imborrable que sólo Dios cura. A Él debemos aferrarnos para salir adelante, entre todos, porque siempre hay luz al final del túnel. Por muy largo y oscuro que sea.
Cuando más oscurece en la noche, es porque el sol está a punto de salir. Cuando más fuerte está la lluvia, es porque escampará pronto. Cuánto más fuerte el dolor, es por que Dios te está tratando para darte un mejor y maravilloso momento.
Es verdad. Hemos perdido a gente maravillosa. Ciudadanos ejemplares. Personas distinguidas. Gente que le ha puesto el pecho al coronavirus, como los médicos, policías, enfermeras. Gente buena. Recordarlos y exaltar su labor, nos dará la fuerza para seguir adelante.
La muerte está cerca de nosotros, pero nos llenamos de valor, de fe, de esperanza, para espantarla.
Nos llenamos de respeto por las medidas adoptadas para cortar la expansión de la Covid-19. Usamos los elementos de protección para proteger nuestra salud. Guardamos la distancia social y respetamos las prohibiciones de las aglomeraciones.
Esos son los primeros pasos que cada uno debe dar para ganar esta batalla. Pasos que deben ir de la mano de una poderosa fe en que Dios está de nuestro lado y nos protege cada día.
Fe que debemos alimentar con acciones de protección social para evitar nuevos contagios. Quedarnos en casa si no tenemos nada que hacer en la calle. Tener el menor contacto posible con tantas personas. Lavarnos las manos con frecuencia, usar la odiosa (y vendita a la vez) mascarilla. (Lea: Jesús Alberto Namén Chavarro, nuevo director del Sena Cesar)
Aunque en este momento todo parezca perdido, tengamos fe que vendrán mejores días. Días en que abrazaremos sin restricciones. Días en que los besos volverán a las mejillas de nuestros amigos y seres queridos. Días en que podamos aglomerarnos y disfrutar de un gran encuentro.
Eso días volverán. Mientras tanto, debemos cuidarnos. (Lea: Toque de queda en Valledupar sería desde las 4 de la tarde)
Yo te invito para que cada día, incluyas a más personas en tus oraciones. Esas que necesitan tu voz intercediendo para que Dios las sane pronto.
Porque estoy convencido, que la esperanza florece en medio de la tristeza.






