
Hoy: “Los Altares de Valencia”
Autor: Calixto António Ochoa Campo “El Negro Cali”
Por: Jáider Alfonso Gutiérrez Vega
“A venderlos era que iba”.
Si le hubieran preguntado al presbítero Francisco de Mendizábal el padre “Pachito” ¿qué iba hacer con los Altares de Valencia? El día viernes 5 de noviembre del 2021, hubiera seguido diciendo que los llevaba para que los arreglaran en Venezuela. ¡Peeeeero! Margarita Ávila, que para estar al tanto de todo lo que pasaba en el pueblo casi no dormía y presenció todo, seguro que después de tantos años, tampoco le hubiera creído. Y si el hecho se repitiera ella volvería a tocar las campana del campanario de la iglesia de Valencia de Jesús, para salvar nuevamente los Altares.
Su llegada.
El 11 de diciembre de 1962, el presbítero Francisco de Mendizábal, después de varias semanas viajando por mar; por fin su barco atracó el puerto, y él, pudo tocar tierras del Caribe Colombiano, llegando a Cartagena de Indias. Luego de un día de reposo sería enviado a el Valle del cacique Upar. Una población pequeña, de calles polvorientas, de más o menos 30 mil habitantes, pero famosa en la Costa Caribe y referenciada por la Corona Española; por la gran gesta libertadora de Doña Concepción Loperena, donde aún todo parecía tan recién hecho, que muchas cosas no tenían nombre propio.
Adoctrinamiento.
Para no tener que seguir huyendo de los indígenas los españoles los adoctrinaron con la Religión Católica, sin tener que usar armas, tan solo fue necesario una cruz de palo, y una imagen del Jesús Nazareno. En el año de 1700 los españoles construyen la Capilla de Valencia de Jesús, y formaron la parroquia. Está parroquia, le fue asignada a Francisco de Mendizábal, en el momento de su llegada, quien a su vez pastoreaba a los feligreses de: Caracolí, Mariangóla, Aguas Blancas, las Mercedes y otras comunidades.
Las celebraciones litúrgicas era a campo libre, pero ya para la llegada del padre, en Valencia, tenían la Capilla y los Altares tallados a mano, creados de forma meticulosa para que fueran únicos y no tuvieran igual ni competencia en toda la comarca, según el pedido de la matrona Casilda, quien los mandó construir para evitarse el traslado a Santa Marta, en cada semana Santa. Los Altares fueron hechos con tanto esmero y con una perfección, que no tienen ni la más mínima desviación lineal en su creación, y no muestran hasta hoy, un detalle para ser corregido.
Día del hecho.
Los pobladores de valencia de Jesús cuentan que un mes de marzo de 1967, en una noche trivial, y que nadie sabe por qué motivo el pueblo estaba en un silencio ensordecedor, tan grande su silencio que se escuchaba hasta el andar de los congolochos, como si fueran una procesión y con la misma felicidad que traían los gitanos, cuando llevaban el circo a Macondo, en 100 años de soledad. De repente ese silencio fue opacado por el motor de dos camiones 3,50. Uno se quedó a la orilla del pueblo y otro penetró hasta la puerta de la iglesia. Entonces desde ese momento se rompe el silencio del pueblo, y se escucha un andar, pero ya no de los congolochos, sino de hombres que entraban y salían de la iglesia cargando cosas a oscuras, solo tanteando y subiendo al camión que estaba en la puerta de la capilla.
Pero aunque en esa época no existían las cámaras ni las alarmas, el pueblo no estaba desprotegido totalmente y siempre había alguien pendiente para vigilarlo.
Margarita Ávila, que tenía por costumbre estar pendiente de todo y trasnochar hasta muy altas horas de la madrugada se percató del movimiento de los hombres que merodeaban la iglesia, ella por ser vecina de la capilla podía escuchar el taconeo de las botas, que entraban y salían de la capilla. Margarita que de vez en cuando, estaba acostumbrada a echar un ojito por un hueco de la ventana, logró ver el camión encarpado donde subían cosas, ella apagó el mechón para que no la vieran desde afuera, y de manera sigilosa se díspuso a abrir la puerta, que era de dos hojas de madera creada de Guayacán seco, que se ajustaba con una tranca larga que cruzaba de lado a lado las dos hojas de la puerta. Ella quitó la tranca, la puso con cuidado a un lado y empezó a abrir una de las dos hojas de la puerta, con una mano extendida, sostenía la bisagra para que no sonara y con la otra fue abriendo la puerta hasta que pudo salir a la terraza, casi en cuclillas.
Margarita fue avanzando, recostada a la pared construida de barro y bareque, pero siempre sin perder de vista el movimiento de los extraños dentro de la oscuridad, hasta que pudo llegar al campanario y sonar las campanas.
Con el sonido de las campanas todo el pueblo de valencia de Jesús, se levantó tan rápido, con la misma agilidad que muestran los pájaros estorninos en el viento para crear sus figuras, y antes de que cantara el gallo, ya todo el pueblo estaba rodeando la capilla y sorprendido por el hecho del camión. Y vaya sorpresa que se encuentra la población que quien dirige todos estos movimientos era el padre Francisco, a quién llamaban padre “pachito”, por el cariño que ya le habían tomado en Valencia de Jesús.
Todo el pueblo de inmediato pidió explicaciones al padre, el que con un argumento escueto, y con una voz temblorosa entraría a explicar el por qué de lo sucedido. Él, de una manera muy astuta les comunicó a los pobladores que los altares serían retirados de la iglesia para llevarlos arreglar a Venezuela. ¡Pero! ¿arreglarles qué? Si hasta el día de hoy se ven tan relucientes y perfectos, y en esa época que estaban recientes, nadie podría creerse ese cuento.
El pueblo, encabezado por el señor, Manuel María Rosado Ruiz, decide revisar la iglesia y observa que no están los altares; de inmediato revisan el camión y para su sorpresas ya estos estaban embarcados; toda la multitud se enojó mucho y tomaron la vía de hechos contra el camión, al cuales picharon las cuatro llantas. De igual manera contra el padre, que un día antes era amado por el pueblo, pero que en ese momento le tocó salir corriendo; hasta el segundo camión, que lo esperaba en la carretera, en la salida a valledupar. Y a pesar que el presbítero Francisco, el padre “pachito”, era un hombre de esos españoles de 1,70 de estatura y bastante robusto, no pudo contener la furia de los pobladores y le tocó salir volado para salvaguardar su vida.
El pueblo la misma noche organizó nuevamente la capilla Y puso los altares en su puesto, pero el día siguiente algunos se reunieron para mirar qué decisiones tomaban en contra del padre “pachito”; dentro de la reunión algunos extremistas pedían traerlo a la plaza y sacrificarlo en público por el acto de sacrilegio en contra de los altares benditos de Valencia, pero siempre Manuel María Rosado Ruiz, hombre recto y coherente propuso denunciarlo ante la comandancia.
Nada de esto sucedió, pero lo que sí pasó de manera comunicativa sería la acción de un habitante del pueblo, quién se comunicó con el músico del pueblo que por esa época todos conocían, Calixto Ochoa campos. “El negro Cali”, como ya era conocido en la costa Caribe, se sorprendió con el relato de su paisano, fue tanto el impacto que ese día no hizo más que pensar en esos episodios, pensaba cómo castigar al cura; aparte del castigo divino, del cual no lo salvaría nadie. Entonces se le ocurrió una forma picaresca para hacerlo, que era la más fácil para él, porque era lo que sabía hacer, escribir historias por medio de un canto. Calixto tomó su acordeón en la mañana siguiente y empezó a hundir teclas y a pensar en Valencia de Jesús, y en el hecho del padre, después de tantos intentos, de hacerlo en aire de son, puya y de merengue; le llegó la letra y la melodía en aire de paseo diciendo:
Hay que buscar un celador para la iglesia
Porque ya esto está pintando muy mal
Con el caso que ha pasado en Valencia
Hoy en ninguno se puede confiar.
Cuenta la compañera de Calixto Ochoa, que ya en la tarde “el negro Cali”, cantaba la canción, con una propiedad y una originalidad, como si él, hubiera estado ahí pegadito a Margarita Ávila, en el momento que ella tocó las campanas.
El día siguiente en la mañana, antes del desayuno ya estaba tocando la canción completa. La terminaba de tocar y soltaba la risa. La canción fue grabada por Calixto Ochoa, poniendo al padre “Pachito” en el escarnio público, lo que sería la mayor penalización por su hecho. No habían bocinas ni traganiques ni radiolas en la región del Magdalena y todo el Caribe, que no sonara la canción de los Altares de Valencia, fue tanto su éxito y se escuchaba por todos los lugares, que cuando el padre “pachito” llegaba a dar las clases en el colegio loperena de valledupar; sus estudiantes lo esperaban y le cantaban completica la canción.
No sé si el padre superaría ese peso psicológico, la verdad es que alcanzó a llegar a su longevidad, partiendo de la tierra a sus 97 años. El padre “pachito” murió en su querida España, un sábado, 6 de noviembre del 2021. Pero la canción de los altares de valencia jamás morirá, seguirá viva, de generación en generación contando la triste historia del sacrilegio del padre “pachito”.
La población de valencia de Jesús tomó esa canción como un himno de Victoria, todavía suena en las calles del pueblo todavía sus habitantes la canta como el primer día que salió en un acetato. Y cómo no cantarla, si fue el único juicio, que se le pudo hacer al padre pachito, por querer llevar los altares para que los arreglaran en Venezuela.
Los Altares de Valencia de Jesús, y el Jesús Nazareno, aún se encuentran resguardados en la población de Valencia, y cada semana santa, son venerados por los pobladores y por miles de personas que llegan de todas partes a la capilla de Valencia.
Con respecto a la canción, ya su autor no está con nosotros; Calixto Ochoa está en el Olimpo de los Dioses pero su canción sigue viva, esa misma que hizo una mañana, cuando quiso hacer otro aire, pero Dios le regaló un paseo que dice así:
Hay que buscar un celador pa” la iglesia
Por que ya esto esta pintando muy mal (bis)
Con el caso que ha pasado en Valencia
Hoy de ninguno se puede confiar (bis)
Yo no vi pero la gente me dijo
Y por eso es que vengo a preguntarle
Quiero que me diga el padre “Pachito”
Para donde iba a llevar los altares (bis)







