El pacto con mi padre

Por: Sergio López Gómez

Teníamos tantos planes. Tácitamente, mi papá y yo habíamos hecho un pacto: yo estaría siempre a su lado, mientras él, tal vez un espontáneo narrador de bucólicos relatos, me contaba fascinantes y simpáticas historias sobre su origen, los ‘requiebros’ de la Llorona en ‘La Distra’ y su infancia y adolescencia en La Ceibita, la finca de ‘Papa Chico’, mi abuelo.
Me gustaba escucharlo. Sentía que era la forma de retribuirle y agradecerle la crianza y el amor desmedido que se le desparramaba por cada poro de su bonachona estatura.


A él, quizás motivado por el interés de convertirme en el custodio de su genealogía y raigambre, le encantaba compartirme sus memorias, quimeras y deseos. De vez en cuando, lo confieso, entre sus narraciones, me contrabandeaba una mentirita.


Fuimos ingenuos, descuidados y hasta majaderos. Armamos planes sin tener en cuenta que no somos dueños de nuestras vidas. Mientras mi papá esperaba que le escribiera los crónicas de su estirpe, y yo imaginaba como celebraría sus 90 años el próximo 13 de junio, Dios estaba dando los últimos plumazos al capítulo final de la historia de mi viejo y gran amigo. El desenlace era insospechado.

Todo fue repentino. No tuvimos tiempo ni para despedirnos. Dios, a quien insensatamente le he reclamado, le armó maletas a mi papá sin avisarnos. Y así, sin más ni más, se lo llevó.


La partida de mi padre, el viejo ‘Toño’, el Toyota 24 válvulas, como siempre lo llamé, provocó una conflagración en mi vida que aún tiene mi alma en carne viva.

No hay cura inmediata para este dolor, pero sus mensajes de solidaridad y pesar, han sido apósitos que apaciguan la tortura y calman el sufrimiento. Desde mis entrañas, les envío un abrazo y mi infinito agradecimiento.
Dios les pague.

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