
Por: Carolina Zubiría
No le temo a la muerte.
Al menos no a esa muerte que todos sabemos que algún día llegará, puntual, silenciosa y completamente indiferente a nuestros planes. Lo que realmente me asusta es otra cosa: la posibilidad de que llegue cuando ya nadie esté esperando mi regreso.
Hay un miedo del que hablamos poco porque resulta incómodo. Un miedo que no hace ruido y que, sin embargo, habita en millones de personas. El miedo a morir solo.
No hablo únicamente de la ausencia física. Hay personas rodeadas de hijos, de hermanos, de fotografías familiares, y aun así viven una soledad inmensa. Hablo de esa otra clase de abandono. El de no tener una mano que apriete la nuestra cuando el cuerpo ya no pueda sostenerse. El de no escuchar nuestro nombre pronunciado con cariño por última vez. El de convertirnos en un silencio que tarda días, semanas o incluso meses en ser descubierto.
Hace poco leí que en algunos países ya existe un nombre para quienes mueren así: personas que fallecen en la intimidad absoluta de una casa donde nadie notó su ausencia. No me impresionó la cifra. Me impresionó la historia escondida detrás de cada número.
Porque nadie nace soñando con una muerte en soledad.
De niños imaginamos futuros llenos de abrazos. Crecemos creyendo que el amor siempre encontrará la manera de quedarse. Pensamos que construiremos una familia, que los amigos permanecerán, que alguien recordará cómo nos gusta el café o qué canción nos hace llorar. Después la vida empieza a borrar personas del mapa. Unos parten, otros se alejan y algunos simplemente dejan de llamar.
Y entonces comprendemos que la soledad no siempre llega por elección. A veces llega por acumulación.
Por eso me pregunto cuántas decisiones tomamos creyendo que siempre habrá tiempo. Cuántas llamadas dejamos para mañana. Cuántos abrazos negamos por orgullo. Cuántas reconciliaciones aplazamos esperando el momento perfecto, sin entender que el momento perfecto rara vez existe.
No sé quién estará a mi lado cuando envejezca. No sé siquiera si alguien pronunciará mi nombre cuando ya no pueda responder. Esa incertidumbre, debo admitirlo, me atraviesa.
Pero también me obliga a mirar distinto el presente.
Quizá el verdadero antídoto contra la soledad del final no consiste en llenar una casa de personas, sino en llenar una vida de vínculos verdaderos. Es cultivar amistades que sobrevivan a los calendarios. Es aprender a decir «te quiero» antes de que sea demasiado tarde. Es entender que el afecto también necesita mantenimiento, como los jardines que florecen únicamente cuando alguien los riega.
Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil desaparecer sin que nadie lo note. Tenemos cientos de contactos en el teléfono y, a veces, ninguna puerta a la que tocar cuando el alma pesa demasiado.
Tal vez por eso deberíamos preocuparnos menos por acumular cosas y un poco más por acumular presencias. Porque el éxito no servirá de mucho si al final nadie recuerda nuestra risa. Porque una cuenta bancaria jamás podrá reemplazar una conversación. Porque el legado más importante que dejamos nunca es material. Es la huella que permanece en quienes nos amaron.
No sé cómo será mi último día. Nadie lo sabe.
Solo espero que, cuando llegue, exista alguien que pueda decir: «Aquí estuvo una persona que hizo falta». Que mi ausencia tenga nombre. Que mi historia continúe viviendo en la memoria de alguien.
Quizá ese sea el verdadero triunfo sobre la muerte. No vivir para siempre. Sino lograr que el amor nos sobreviva.
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