
Por: Ubaldo Anaya Flórez
Sólo dos calles tiene mi pueblo. Y se bifurcan en la plaza central creando una Ye para desparramar en dos sentidos la vida misma.
Casi al final de una de las calles, estaba la vivienda de mis padres. Una vieja casona construida en barro boñigoso con techo de palma. Allí fueron mis primeros días.

El patio era inmenso. Al fondo estaba el sanitario, en medio de unas matas de piña que crecían vigorosas por el abono que recibían a diario.
En la mitad del patio, un enorme árbol de aguacate sobresalía entre mangos, guanábanas, anones, ciruelas, limones y naranjas. Además, muchas matas de plátano.
Los días eran largos, sin preocupaciones. Es la ventaja de ser niño. Las noches llenas de estrellas y una luna amarilla que iluminaba las hojas de los arboles.

Las dos calles de mi pueblo estaban amarillentas por el polvo que levantaban los vehículos al transitar rumbo a otros lares. Entre ellos, los enormes buses que viajaban hacia Planeta Rica y me hacían soñar con lo que sería de grande: ¡cobrador de bus!
A mis siete años, lo que más quería era colgarme del pasamanos de la puerta del enorme vehículo, recibir el pago de los pasajes y viajar con la brisa golpeando mi rostro. Eran otros tiempos. Otros sueños.
El parque central no es más que un triángulo que se forma en la Ye de las dos calles, con unas cuatro bancas de concreto, la Virgen del Carmen en la mitad, saludando a los conductores y una que otra planta ornamental seca por el intenso verano.

Allí era el lugar de reunión de los muchachos del pueblo. Allí se conocían con las muchachas y comenzaban los amoríos que muchos terminaban en una hilera de hijos.
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Cerca de la plaza, a pocas casas, estaba la tienda. Sus estantes de madera mostraban las pocas botellas de gaseosa, las panelas y el aceite o manteca como decían los viejos del pueblo.
No había tarjeta de crédito en ese entonces. Una pequeña lámina de cartón sacada de una caja de cigarrillos servía para relacionar los productos entregados a crédito a los clientes del lugar. «Ves al matamoscas y me traes cuatro onzas de queso», me decía Miguelina, la creadora de mis días, al mandarme a la tienda para comprar lo que faltaba para el desayuno.
Sólo había un televisor en el pueblo. Por supuesto, el dueño era el rico de la población. De ves en cuando nos dejan ver las imágenes que salían de esa caja con sonidos y personas a blanco y negro.
Medio Rancho es un lugar mágico, que me trae torrentes de hermosos recuerdos marcados por carritos de cartón, caballitos de palos y anzuelos construidos con alambre dulce para pescar las sardinas en las acequias de la zona.
Medio Rancho es el pueblo donde nací y que aún tiene sus dos calles bifurcadas, el parquecito con su virgen y los muchachos de aquella época con su hilera de hijos y las arrugas en el rostro.
La diferencia con las calles polvorientas de mi niñez, es que ahora están pavimentadas y una mina de níquel abre paso al progreso que llenará a mi pueblo de nueva gente.
Riqueza que terminará en tristeza y casas que ya no tendrán techos de palma y paredes de barro con boñiga de vaca.




