
Una víctima que habla y una vallenata constructora de paz que escucha y libera.
La vida solía transcurrir con un fondo de música vallenata y las risas de los niños jugando en sus calles polvorientas y el trabajo arduo de los campesinos que labraban la tierra con sus manos cansadas y llenas de callo por el azadón. Sin embargo, todo cambió cuando el eco distante de la guerra llegó a sus puertas, llevando consigo el estruendo de las balas y el miedo que paralizaba los corazones de quienes llamaban a este lugar su hogar. Las montañas que rodeaban estos lugares, se convirtieron en testigos silenciosos de una violencia que no conocían, una guerra que no era suya pero que los arrastraban inexorablemente hacia su caos. Grupos armados, con nombres que resonaban como ecos siniestros en las laderas, se disputaban el control del territorio y sembraban el terror en la población. Los campesinos, cuyas manos solo conocían el trabajo honesto de la tierra, se vieron atrapado en un conflicto que no entendían y que amenazaba con arrebatarle todo lo que amaban. Sus cosechas fueron saqueadas, sus hogares destruidos y sus vidas marcadas por el dolor y la perdida. Pero en medio de la oscuridad, una luz de esperanza comenzó a brillar en el horizonte.

Ahora bien, a través de las entrevistas e intervenciones que se realizaron en las comunidades el impacto y las vivencias que vivieron las poblaciones a partir del conflicto armado y se pretende mostrar cuál es la memoria histórica y cultural de las poblaciones del territorio de Valledupar y el corregimiento Guacoche, se obtuvo que la mayoría de la población de estudio tiene conocimientos incipientes y datos sobre el desarrollo del conflicto y sus actores (principalmente la percepción es más negativa sobre el paramilitarismo, ya que fue el mayor victimizador directo). Los propios sabedores reconocen el papel devastador que jugaron los grupos armados en la región y estos grupos lograron desmembrar y romper el tejido sociocultural propio del territorio, afectando gran parte a la población civil inocente, de la cual muchos de estos actores son descendientes directos del conflicto que afectaron a algún miembro de su familia. Además, tenemos el caso de un adolescente el cual por respeto a su identidad e integridad lo reservamos (habitante de Guacochito) relata un incidente en Guacoche de esta manera: En el corregimiento de Guacoche llegó un grupo armado a la población de Guacoche a las 11:50 AM identificándose como la A.U.C (Autodefensas Unidas de Colombia) llegaban casa por casa sacando a cada uno de sus hogares a patadas, gritos y empujones diciendo que en la plaza principal había una reunión obligatoria, cuando el pueblo estaba ya reunido empezaron a reunir al pueblo por familia, ellos decían que salgan los sapos y a vista de que nadie se identificó, ellos decidieron llamarlos por su cuenta. Yo no lo viví, me enteré porque mis abuelos me lo contaron, como niño habitante de esta región y como un hijo de Colombia me gustaría alzar mi voz para pedirle a esos grupos violentos que se pongan la mano en el corazón y piensen el daño que nos hacen como niños, como jóvenes creando en nosotros miedo, inseguridad, dolor, tristeza de ver cómo un país tan lindo y con tantas riquezas se vea envuelto en tanta maldad me gustaría personalmente vivir mi vida en paz y tranquilidad.


El impacto del conflicto también generó secuelas de miedo y temor en los jóvenes, quien se sienten llenos “dolor, tristeza de ver cómo un país tan lindo y con tantas riquezas se vea envuelto en tanta maldad”. Somos un territorio que perdona, pero no olvida, que tenemos nuestras esperanzas puestas en todas y cada una de las negociaciones que el gobierno realiza con todos los grupos armados que presencias nuestro territorio, confiamos y creemos en el cambio y la no repetición.
Por: Luisa María Fernández picón
Socióloga, Especialista en construcción paz y territorio.







