
Por: Ximena Coronado Britto.
Periodista
Era algún día de junio del año 2004, llegaba por fin al último día que tendría que pisar ese Colegio. Tenía sentimientos encontrados, por un lado la felicidad y el no poderme creer que ya no tendría que regresar y por el otro, ese inmenso dolor, de recordar que había pasado 11 años de mis recién cumplidos 17 años sufriendo, llorando y llegando a esa institución sin saber con lo que me encontraría ese día. Si mis compañeros se habían levantado de buen genio o empáticos y misericordiosos y ese día tal vez no querrían meterse conmigo, o con suerte, ni se darían cuenta de que yo estaba allí.
Me puse la toga y el birrete e hice la fila, esperando hasta que me llamaran por mi nombre para recibir el diploma. Aún hoy recuerdo el gran esfuerzo que hice para que no se me salieran las lágrimas, aguantaba la respiración y caminaba mientras todos me miraban, y a decir verdad, ni siquiera recuerdo cómo ni cuándo recibí mi carta de libertad.
Mis papás estaban felices y orgullosos, pues soy la primogénita y la primera en graduarse, pero yo ocultaba muy bien todo lo que estaba pasando, con demasiado esfuerzo. Me acerqué a la mesa de los pasabocas, porque los que me conocen saben que con la comida no peleo, y al mismo tiempo se acercó, el que era el Director General hacía muchos años, Alistair Turton, un escoces con aliento constante a café y dientes teñidos de amarillo. Me dijo: “Felicitaciones, debes estar feliz”. Yo lo miré con sospecha, porque no sabía bien por qué lo estaba diciendo, le contesté con una pregunta: “¿Por qué?”, y me respondió: “Al fin pudiste salir de aquí y librarte de todo lo que te han hecho”
Yo no daba crédito a mis oídos, primero porque estaba descubriendo todo mi dolor sin siquiera un poco de compasión, y segundo, porque siempre lo supo y nunca fue capaz de hacer nada para pararlo. Me fui sin decir palabra, pero, como ven hoy, aún recuerdo ese ingrato momento.
El Bullying no es solo por parte de los alumnos
Esto me recuerda a un caso que escuché, sobre un alumno de primaria, a principios de los años 90. Recuerdo que la Psicóloga de este tiempo, citó a los padres del alumno para decirles que lo mejor era que sacaran al niño del Colegio, pues él no daba muestras de tener las capacidades y aptitudes necesarias para estudiar en un Colegio de ese nivel. Ese estudiante nunca perdió ni siquiera un año, y hoy es un profesional brillante. Cuentan también sus padres, que en los últimos años del Colegio, era él quien explicaba materias complejas como Cálculo y Física a otros compañeros de su curso. Afortunadamente sus padres nunca cedieron a esa presión por parte del Colegio para retirarlo de la Institución.
Hace 10 años también hubo una noticia a nivel nacional, así rezaba el titular en las noticias de RCN “Padres de familia presentaron quejas en contra de la Fundación Colegio Bilingüe de Valledupar, argumentando matoneo hacia su hijo de 17 años”. Al parecer al estudiante no le brindaron la oportunidad de recuperar dos materias perdidas, oportunidad que según recuerdo le daban a todos los estudiantes a final de año. Tras la intervención de la secretaría de Educación, el menor fue promovido al grado siguiente y se acordó que el colegio le brindaría acompañamiento para que el estudiante logrará nivelar las áreas perdidas. Según lo último que se publicó, al estudiante no lo iban a dejar graduar y perdería el año undécimo por cuenta de esas mismas materias, lo cual perjudicaba también su ingreso a la Universidad.
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El secretario de Educación municipal en ese entonces, Asdrubal Rocha, manifestó que con frecuencia recibía quejas en contra del Colegio Bilingüe de Valledupar. “Lastimosamente y tengo que decirlo, yo creo que es de los colegios que más recibimos quejas. Lastimosamente es así, eso no se puede ocultar, son muchas quejas, muchos inconvenientes que son expuestos aquí en la secretaría en contra del Colegio Bilingüe, y son quejas con pruebas fundamentadas, pero en el debido proceso escuchamos las partes.”
Han pasado más de 20 años y la situación persiste.
Entré al Colegio en 1993. No recuerdo haber tenido momento alguno de paz. Durante 11 años fui víctima de un bullying cruel, nefasto. En su mayoría acoso verbal, me llamaban “Lágrimas de cocodrilo”, pero es que no sabía cómo reaccionar porque nunca me había enfrentado a tantos ataques juntos. Los apodos fueron variando con los años, fea, “Nepa” y tantas otras cosas que ya ni siquiera recuerdo.
Muchos se preguntarán por qué decido escribir hasta hoy, han pasado 21 años; y no les niego, he intentado contar mi historia de muchas formas, pero hacerla pública es algo que me ha costado y que aunque tengo mucho escrito, aún no ha salido a la luz. La razón por la que hoy escribo, es porque me encontré recientemente con el siguiente titular en uno de esos portales de noticias en Instagram:
“Terrible denuncia: secuestro y tortura entre estudiantes del Colegio Bilingue por un video”.
Al parecer 3 estudiantes de la Fundación Colegio Bilingüe de Valledupar le dieron una golpiza a uno de sus compañeros por tener en su poder un video, que supongo, no querían que fuera divulgado. Este acontecimiento no se presentó en el Colegio, sino que, los estudiantes sacaron a la víctima de su casa con engaños. Es la hora que aún no se ha hecho justicia, y más bien están demandando al abogado de la víctima por difamación, y por falso testimonio, argumentando que la pelea fue 1 a 1 y que no hubo ninguna agresión por parte de los otros presentes. Sin embargo, los que han podido ver a la víctima pueden dar fe del estado en que se encuentra. No me voy a lanzar de un carro en movimiento frente a un CAI de Policía si no estoy asustada.
Lo que más me sorprende, y que, además, me motivó a escribir esta crónica es que esto ya había sucedido antes, alrededor de 2006. También estudiantes del mismo Colegio, sacaron a otro de sus compañeros de su casa y lo llevaron a un monte, en el que no solo lo amarraron sino que hasta le taparon los ojos. Cuentan que también lo ataron a un carro y lo arrastraron. Ninguno fue expulsado del Colegio, y no tengo conocimiento de que se haya ejecutado alguna sanción. El Colegio normalmente se enorgullece de sus egresados que han alcanzado el éxito fuera de la Institución, pero ¿qué hace cuando ocurren estas situaciones que a través de los años ya se han hecho frecuentes?
“Calidad Humana y Compromiso Social ”
Formar buenos ciudadanos comprometidos con la sociedad, con un alto nivel académico, a la altura de las exigencias actuales y con proyección de futuro, con altos estándares de calidad, ha sido nuestro objetivo. Nos enorgullece anunciar que celebramos nuestro 35.º aniversario trabajando por la comunidad con calidad académica y humana para formar ciudadanos íntegros para la vida. Los resultados lo demuestran. Nuestros egresados se desempeñan no solo a nivel nacional, sino también a nivel internacional, con la huella que esta institución ha dejado.
Este es el lema del Colegio que se encuentra en la página principal de su Web online. En el mismo mencionan la formación integral de sus estudiantes, más lo lamento pero creo que no ha sido de esa manera.
No escribo esto con el fin de señalar a esa Institución concretamente, pero sí para llamar la atención sobre este tema. Infortunadamente, yo lo viví y ese fue el colegio donde estudié. Me ha costado mucho tiempo sanarme, y me parece increíble que esto siga sucediendo y que se estén dejando tantos jóvenes heridos, que además de todos los desafíos que deben enfrentar cuando van a la Universidad, también tengan que ocuparse y encontrar la forma de sanarse. Han pasado más de 20 años y aún sigue pasando lo mismo, es hora de preguntarse ¿Qué estamos haciendo mal? O más bien, ¿Qué no estamos haciendo?
Durante el tiempo que estudié, mis profesores sabían lo que sucedía,como ya mencioné un ejemplo,y no hacían nada, siendo los adultos responsables y autoridades. Historias hay muchas, que no me alcanzaría todo el periódico para escribirlas. Cuento aquí de las que me acuerdo y que me han parecido más graves.
Cuatro años después de haberme graduado tuve una terapeuta en Bogotá. A pesar de que ya estaba cerca de salir de la Universidad, todavía luchaba con todo el matoneo que había recibido en el Colegio, y eso que mi época de la Universidad había sido feliz y exitosa, sin presencia de bullying. Ella me preguntó en cuál colegio había estudiado y yo le respondí. Me dijo que le sorprendía mucho haber recibido tantos estudiantes y egresados del mismo Colegio, por la misma razón. Y preguntó ¿Qué es lo que sucede allí?, y hoy 15 años después nos tenemos que seguir preguntando lo mismo.
Exhortaciones
La única forma de hacer la diferencia es que cada persona involucrada en la educación de niños, luego cada Institución ponga su granito de arena y así poder lograr un cambio que haga la diferencia con nuestros ciudadanos del mañana.
Actualmente se estima que aproximadamente el 23% de los estudiantes en Colombia son víctimas de bullying de forma regular, según datos del Portal Pontificia Universidad Javeriana. Además, el 19% de los estudiantes reportan ser víctimas de acoso escolar de forma recurrente y un 4% lo sufren de manera ininterrumpida, según el Ministerio de Salud y Protección Social. El Sistema de Información Unificado de Convivencia Escolar (SIUCE) ha registrado 11,161 casos de acoso escolar, ciberacoso y agresión escolar desde 2020 hasta marzo de 2025, informa el Ministerio de Educación Nacional.
Según una Encuesta realizada por el Ministerio Público Tutelar, un alto porcentaje de menores que sufren bullying no lo hablan con nadie. Por eso los adultos deben estar muy atentos, sobre todo los que están en el entorno escolar, porque si se trata de casos de matoneo recurrente, es imposible que los profesores no lo noten. Lo digo por mi propia experiencia.
Esta crónica no solo expone el profundo dolor que puede causar el bullying escolar, sino que también revela la complicidad silenciosa de quienes, teniendo el poder de intervenir, eligen mirar hacia otro lado. El relato no es solo una denuncia del pasado, sino una advertencia urgente sobre un presente que repite los mismos errores. Si después de más de dos décadas los testimonios siguen siendo los mismos, es evidente que no se ha hecho lo suficiente.
No se trata únicamente de formar estudiantes con altos logros académicos, sino de crear espacios verdaderamente seguros y humanos, donde cada niño y joven pueda desarrollarse sin miedo. El silencio institucional no puede seguir siendo la norma. La responsabilidad es de todos: padres, docentes, directivos, autoridades y también de la sociedad en general.
Porque el bullying no termina al salir del colegio. Sus secuelas perduran por años, incluso toda la vida. Esta historia es una invitación a mirar más allá de los lemas institucionales y empezar a construir realidades donde la dignidad, la empatía y la justicia no sean promesas, sino hechos.







