Alberto Linero sobre el Festival Vallenato. La sombra de un palo de mango en el patio de alguna de las viejas casas de Valledupar; unos amigos con los que conversar y compartir historias; un acordeón bien tocado, que enamore con su melodía; una caja que marque el ritmo; una guacharaca que con su cadencia nos anime; una voz fuerte que llene el espacio cantando los relatos que forman la cotidianidad; y un vaso pequeño, del que todos beben el licor que estimula las emociones que van emergiendo: eso es una parranda vallenata, en la que nadie baila, sino que todos aplauden rítmicamente y hacen los coros de las canciones.
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Cualquier motivo es válido para reunirse con los amigos en una de estas celebraciones, al fin y al cabo, estas no son más que una oda a la amistad. Es esta experiencia la que está a la base del festival vallenato, desde que Consuelo Araujo Noguera, Rafael Escalona y Alfonso López Michelsen lo crearon como una manera de promover la memoria, de conservar el vallenato, por eso se hace tanto hincapié en los patrones clásicos de ese género musical, y claro, en darlo a conocer al país y al mundo.
Hoy, cuando estoy aquí en Bogotá, vuelvo a recordar el verso de Ausencia Sentimental -canción inédita de 1986 y que es el himno del festival- que dice: “El que nunca ha estado ausente no ha sentido guayabo, hay cosas que hasta que no se viven, no se saben…” y sí, definitivamente triste de no poder participar de esta fiesta, que también es una manera de decirle a la pandemia que no nos dejamos vencer.



