Por: Ricardo Reyes
La semana pasada en redes rodaron algunas absurdas formas de apropiación del espacio público y muchos de los comentarios colocaban de presente otros casos similares. No es justo reducir el debate sobre el espacio público a las carretillas o ventas ambulantes o estacionarias, aunque ciertamente forman parte del problema. La cuestión es mucho más amplia y abarca a todos los actores de la sociedad. Hay quienes, tras cumplir con los retiros obligatorios, no tardan en reincorporar estos espacios a su uso y disfrute personal, o quienes luego de cumplir con la franja obligatoria de parqueaderos le colocan una cadena para privatizar su uso, los andenes, que deberían facilitar el tránsito seguro de peatones, especialmente de aquellos con movilidad reducida, se encuentran frecuentemente obstruidos por postes, árboles, materas, avisos publicitarios, y señales de tránsito, entre otros tantos elementos que obligan a peatones a desplazarse por la calzada, poniendo en riesgo su seguridad. como si el compromiso con lo público fuera una mera formalidad.
La transformación de ciclorrutas en extensiones de establecimientos comerciales o talleres, así como algunos cai terminan funcionado como parqueaderos, son claros ejemplos de esta apropiación indebida. Todos somos responsables del caos de movilidad que se vive en la ciudad. La solución a este problema requiere un compromiso colectivo y un cambio cultural profundo.
La Ley 1988 de 2019 ofrece un marco legal para el uso óptimo del espacio público, permitiendo que quienes realmente necesiten utilizar estos espacios puedan hacerlo de manera regulada y contribuyendo al mantenimiento y mejora del entorno urbano, siempre y cuando no se afecte la movilidad vehicular y peatonal. Es crucial que existan autoridades competentes y comprometidas con hacer respetar estas normas, garantizando que el espacio público realmente sirva a los intereses de la comunidad.
La apropiación indebida del espacio público en Valledupar es un síntoma de una falta de conciencia sobre la importancia de estos espacios para la calidad de vida urbana. Es momento de reconocer que el espacio público es un bien común invaluable y de trabajar juntos para devolverle su carácter inclusivo. La educación, la regulación y la vigilancia son herramientas clave en este proceso, pero el cambio más importante debe surgir desde la conciencia ciudadana: el espacio público es de todos y para todos, y como tal, debemos respetarlo y protegerlo.

