
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera
Ibagué, Colombia, 26 de octubre de 2026
Desde una comunidad de Ayacucho baja una muchacha hacia el desierto de Ica para emplearse en la cosecha de uva de un fundo agroexportador, empujada por una madre de manos gastadas y por 2 hermanos pequeños que esperan el bono prometido al final de la campaña; desde el momento en que el intermediario que la recluta anota mal su nombre en una libreta comienza en «Donde el agua trabaja», primera novela del abogado e investigador iqueño David Silva Rojas, un proceso de despersonalización narrado en primera persona, con oraciones breves que siguen el compás de la jornada bajo un sol sin sombra, la espalda que aprende a doblarse para doler menos, la amistad callada con otra trabajadora migrante y una presencia inquietante que crece en el campamento mientras desaparecen mujeres y circulan rumores de ánimas; la violencia del agronegocio se insinúa en lo que el texto calla, mientras el agua, extraída de pozos subterráneos y repartida por turnos, queda puesta a trabajar junto a los peones, imagen con la que el autor explicó el título.
Semejante economía del silencio proviene de una formación en los programas de escritura dramática de Gamagōri y en los talleres de guion del NHK Bunka Center de Japón, donde Silva Rojas adoptó el principio del Ma, el valor expresivo del vacío, rasgo que destacó el jurado presidido por la escritora mexicana Cristina Rivera Garza e integrado por la argentina Selva Almada y la ecuatoriana Mónica Ojeda al otorgarle por unanimidad, el 29 de julio de 2026, el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, convocado por la Editorial Almadía de México y la Fundación Ventosa Arrufat de España entre 2.204 manuscritos de 22 países y dotado con 20.000 euros más la publicación simultánea en 5 países; el acta leyó el silencio como lazo entre la narradora y su única amiga, como mudez ante los capataces y como una mancha que deja la impresión de una novela dicha bajo el agua.
Casi 3 meses después la novela alcanzó notoriedad mundial por una razón ajena a su trama, la posible pérdida del premio tras la detección de escritura generativa en su texto. El enunciado «escrita con inteligencia artificial» encierra posibilidades de naturaleza distinta, pues puede designar una obra concebida y guiada por la conciencia de su autor, que proyecta sobre la máquina un saber propio y la usa como ejecutora, la reproducción de un contenido preestablecido en la escritura rítmica y probable del modelo, un acompañamiento técnico de corrección o traducción sobre un texto humano, o el efecto de una medición, el resultado de un aparato que clasifica patrones sin acceso al proceso; cada una de esas hipótesis supone un grado diferente de conciencia, de propiedad intelectual sobre el saber que orienta la máquina y de responsabilidad sobre lo firmado; la propia investigación periodística que desató el caso advirtió que el detector reconoce patrones estadísticos sin distinguir si una persona usó la inteligencia artificial de forma automática o para dar forma a sus propias notas e ideas, pese a lo cual la discusión pública ha fundido esas diferencias en un porcentaje.
MÉTODO DE DETECCIÓN Y LÍMITES DE LA TÉCNICA
Con fecha del 23 de octubre de 2026, el diario español El País publicó una investigación firmada por Elizabeth Duval, Kiko Llaneras y Jordi Pérez Colomé según la cual Pangram, detector de texto sintético de la empresa estadounidense Pangram Labs, atribuyó en su versión 4.1 el 99 % de las cerca de 26.000 palabras de la novela a un modelo de lenguaje, además del 97 % de las respuestas del autor en una entrevista con la revista Ulrica y del 80 % de un texto autobiográfico de 924 palabras publicado por la Fundación Ventosa Arrufat, ambos escritos en una prosa convencional distinta de la sintaxis entrecortada de la novela; como las bases del concurso exigían declarar que la obra no había sido escrita parcial o totalmente con herramientas de inteligencia artificial, so pena de descalificación en cualquier fase, la sospecha alcanzó a la vez el mérito literario, la autoría y un contrato.
Durante esa jornada la Editorial Almadía suspendió la presentación prevista en Madrid y la gira por Barcelona, Sevilla y Cádiz, recordó que el autor firmó en su contrato y ratificó en persona la declaración de no haber usado esas herramientas, sostuvo que el jurado y su equipo editorial no advirtieron indicios de generación automática durante la lectura y anunció una revisión, mientras Silva Rojas negó el uso y ofreció mostrar sus borradores, que junto con las versiones sucesivas y los historiales de edición constituyen los materiales capaces de reconstruir un proceso al que el detector carece de acceso.
A fin de calibrar su método, el equipo del diario pasó por el detector 175 éxitos editoriales, encontró que 4 de cada 10 superventas autopublicados en Amazon contenían al menos un 25 % de texto generado y obtuvo 0 % en obras de Javier Cercas, Isabel Allende y Antonio Muñoz Molina; el reverso del instrumento aparece en la documentación de la propia Pangram Labs, que al presentar la versión 3.0 de su detector admitió que la frontera entre un texto levemente asistido y otro moderadamente asistido por inteligencia artificial es más un arte que una ciencia, así como en la prueba del divulgador Ruben Hassid, quien tras la integración del detector en Substack convirtió un texto marcado como 100 % sintético en uno 100 % humano al sustituir una raya por dos puntos, de modo que hasta la fecha no se identificó una plataforma que ofrezca prueba técnica de autoría, pues lo que los detectores registran son frecuencias léxicas, giros verbales y regularidades sintácticas susceptibles de alteración, señales que un lector atento también percibe y que conservan el estatuto de indicio.
GEOGRAFÍA DE LA SOSPECHA
Hacia el 21 de septiembre de 2026, un mes antes, la cuenta anónima «Balance ton Claude» en la red social X, reivindicada luego por el ensayista Samuel Fitoussi, acusó al escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien de haber escrito con un modelo generativo «C’était ça ou mourir», novela ganadora del Prix du Roman Fnac; la Académie Goncourt la retiró de su primera selección el 25 de septiembre, Orélien admitió el 13 de octubre plagios en textos de juventud mientras negaba haber delegado en una máquina frase alguna de la novela; el 21 de octubre, finalmente, Les Éditions du Boréal rompió su contrato tras una revisión externa que, de acuerdo con la editorial, halló marcadores de inteligencia artificial en los metadatos de sus documentos de trabajo.
Dentro del Premio Caine de escritura africana, el zimbabuense Simbarashe Kundizeza ganó el 6 de octubre con el relato «The Blue Fighter», mientras el 11 de octubre la novelista y periodista Vauhini Vara publicó en la revista The Atlantic que Pangram marcaba casi la totalidad del texto como sintético; Kundizeza negó el uso, atribuyó la historia a la vida de su familia durante el colapso económico de Zimbabue y advirtió ante la agencia Associated Press sobre el sesgo de estas tecnologías contra quienes narran sus propias culturas, en tanto Ellah Wakatama, presidenta del premio, rechazó ante la BBC que el detector funcione como árbitro final y que la obra de escritores negros sirva de campo de prueba a una herramienta todavía tosca.
Puestos en serie con el del trinitense Jamir Nazir, señalado en mayo por el cuento que ganó la sección caribeña del Commonwealth Short Story Prize, estos casos muestran una regularidad, pues los autores bajo sospecha provienen de Haití, Zimbabue, Trinidad y Tobago y Perú, escriben sobre migración, pobreza rural y trabajo, mientras sus textos pasan por el clasificador de una empresa con sede en Nueva York entrenado sobre corpus mayoritariamente anglófonos; Pangram Labs informó en un estudio interno una tasa de falsos positivos cercana a 8 por cada 10.000 textos de hablantes no nativos de inglés, frente al 1 por cada 10.000 que reporta para el conjunto, cifra baja en términos agregados que en un certamen de 2.204 manuscritos recae sobre nombres propios.
Para la literatura latinoamericana ese patrón tiene un relieve particular, porque narrar la desigualdad ha sido una de sus formas de conocer la realidad desde que José María Arguedas contó en «El zorro de arriba y el zorro de abajo» (1971) la migración de los campesinos andinos hacia la industria pesquera de Chimbote, tradición en la que se inscribe una novela sobre las relaciones de dominación que el agronegocio de Ica ejerce sobre cuerpos subalternos; cuando la validez de esa escritura queda sujeta al dictamen de herramientas diseñadas y poseídas en el norte global, la pregunta por quién puede narrar la desigualdad se vuelve también una disputa por la propiedad de los instrumentos que deciden qué relato merece crédito.
PROPIEDAD DEL CERTIFICADOR, AUTORÍA Y SUPLANTACIÓN DEL PROCESO CREATIVO
Fundada por Max Spero, su director ejecutivo y antiguo ingeniero de Google, junto a Bradley Emi, su director técnico y antiguo ingeniero de Tesla, Pangram Labs anunció el 23 de junio de 2025 una ronda semilla de cerca de 4 millones de dólares encabezada por el fondo ScOp, con Script Capital y Cadenza, tras una ronda inicial liderada por Haystack, a la que siguió el 29 de julio de 2026 una ronda de 9 millones liderada por Menlo Ventures, presentada junto con su modelo Pangram 4, con clientes como la plataforma Quora y planes de expansión en universidades, editoriales y medios, en tanto desde el 21 de julio de 2026 su detector opera dentro de Substack. La capacidad de certificar qué escritura es humana quedó así en manos de una empresa privada cuyo mercado crece con la proliferación del texto sintético que promete detectar, mientras el escritor de la periferia queda situado entre 2 infraestructuras de propiedad estadounidense, la que produce texto y la que dictamina su origen, sin voz en el diseño de ambas.
Ante la Sociedad Francesa de Filosofía, el 22 de febrero de 1969, Michel Foucault pronunció la conferencia «¿Qué es un autor?», donde mostró que el nombre de autor opera como un dispositivo de clasificación, apropiación y responsabilidad sobre los discursos, función histórica que el derecho de autor, la industria editorial y los premios convirtieron en garantía de que alguien responde por lo escrito; leído desde allí, el escándalo de la novela premiada es la quiebra de esa garantía, porque un texto cuyo firmante no puede dar cuenta de su proceso deja vacante el lugar de la función autor y reduce la firma a un acto administrativo.
Dos años antes, en el ensayo «La muerte del autor», Roland Barthes había sostenido que el origen de un texto pesa menos que su destino en el lector y que toda escritura es un tejido de citas venidas de múltiples focos de la cultura, intuición que los modelos de lenguaje parecen llevar a la literalidad al recombinar millones de textos sin firmante; la institución literaria siguió operando, sin embargo, sobre la firma y la escasez, de modo que un premio de 20.000 euros remunera una singularidad que la producción automatizada vuelve abundante y reproducible a un costo marginal cercano a cero.
Bajo la palabra plagio se confunden faltas de naturaleza distinta, pues el plagio clásico supone la apropiación de una obra ajena identificable, operación poco frecuente en un modelo que recombina el lenguaje de millones de textos sin dueño individual, mientras la falta imputable a Silva Rojas, si llegara a probarse, sería un fraude contractual equivalente al de quien contrata a un escritor fantasma y firma una declaración falsa; queda una dimensión más honda, la suplantación del proceso de comprensión, en la que el texto exhibe huellas de un pensamiento sin sujeto y la firma avala una comprensión de los conceptos que el modelo aproximó por cálculo de probabilidad.
Pacto autobiográfico llamó Philippe Lejeune, en «Le pacte autobiographique» (1975), al acuerdo por el cual quien firma un relato de vida asegura al lector la identidad entre autor, narrador y protagonista; aunque «Donde el agua trabaja» es ficción, su legitimidad descansa en un pacto vecino de carácter testimonial, que el autor reforzó al vincular la obra con su investigación sobre migración interna en el sector agroexportador de Ica; si la sospecha se confirmara, la explotación de las jornaleras andinas habría quedado convertida en insumo estético de un producto sin experiencia detrás, mientras que si se desmintiera, un autor periférico habría sido despojado de su autoría por un porcentaje, desenlaces que por igual reproducen el asunto del libro, el despojo del nombre.
Antes de la denuncia, el escritor español Hernán Migoya leyó la novela mientras preparaba un reportaje para el diario El Mundo, la juzgó fallida y la calificó de pornomiseria, término con el que designa el uso de una tragedia social como autoridad moral sin una elaboración literaria que la trascienda; su objeción desplaza la discusión hacia los criterios con que ciertos jurados en lengua española consagran la denuncia por encima de la exigencia formal, problema anterior de los premios al que la inteligencia artificial añade una capa.
PRODUCCIÓN ACADÉMICA Y RÉGIMEN DE VERDAD EN LAS CIENCIAS EXACTAS
Fuera del campo literario, la producción académica exhibe la misma mediación, pues un análisis de la empresa GPTZero divulgado en enero de 2026 identificó 100 citas inventadas por modelos de lenguaje en 53 artículos aceptados en la conferencia NeurIPS 2025 pese a la revisión de 3 a 5 expertos por trabajo, Pangram Labs estimó redactado con inteligencia artificial el 21 % de las 76.139 evaluaciones por pares de la conferencia ICLR 2026, mientras un estudio de la Universidad de Columbia publicado en The Lancet el 7 de mayo de 2026 halló que la proporción de artículos biomédicos con al menos una referencia inexistente pasó de 1 en 2.828 en 2023 a 1 en 277 en las primeras 7 semanas de 2026. La revista Nature publicó además, el 26 de marzo de 2026, The AI Scientist, sistema de la empresa japonesa Sakana AI capaz de formular hipótesis, programar experimentos y redactar artículos, uno de los cuales superó en 2025 el umbral de aceptación de un taller de la conferencia ICLR, de modo que la cadena que va de la redacción a la validación queda atravesada por la misma prótesis.
Concebido como historia social de la inteligencia artificial, «The Eye of the Master» (2023), del filósofo italiano Matteo Pasquinelli, sostiene que la inteligencia de estas máquinas procede del conocimiento contenido en comportamientos humanos colectivos codificados en algoritmos, en una genealogía que enlaza la automatización del trabajo mental con el concepto marxiano de intelecto general, tesis que permite leer la suplantación del aprendizaje como una expropiación, ya que lo que el modelo devuelve con apariencia de saber propio es trabajo cognitivo social acumulado, procesado a una escala y una velocidad que superan a las comunidades académicas y cuya propiedad reside en un puñado de compañías.
Otra disposición muestran las ciencias exactas ante esa irrupción, porque su criterio de verdad descansa en la comprobación por medios medibles y un resultado se acepta cuando resiste la verificación, con independencia de quién o qué lo haya encontrado; el 20 de mayo de 2026 la empresa OpenAI anunció que un modelo interno halló un contraejemplo a la conjetura de las distancias unitarias que Paul Erdős formuló en 1946, cuya prueba revisó y publicó después un grupo de matemáticos, en tanto Google DeepMind, filial de Alphabet Inc., informó que su sistema AlphaProof Nexus resolvió 9 de 353 problemas abiertos de Erdős formalizados en el lenguaje Lean, 2 de ellos pendientes desde 1970, resultado que la revista Science publicó en octubre.
Hace 2 años, en octubre de 2024, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Nobel de Física a John Hopfield y Geoffrey Hinton por las redes neuronales artificiales y el de Química a David Baker, Demis Hassabis y John Jumper por el diseño computacional de proteínas y la predicción de su estructura con AlphaFold. Aunque los Nobel científicos de 2025 y 2026 recayeron en investigaciones de largo aliento ajenas a la inteligencia artificial, los resultados nuevos de la frontera pasan por la mediación algorítmica en la farmacología, donde el rentosertib de Insilico Medicine, cuyo blanco biológico y cuya molécula generó un software, entró a fase III el 7 de julio de 2026, en la meteorología, donde el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio opera desde el 25 de febrero de 2025 un sistema de pronóstico con inteligencia artificial, así como en la epigrafía, donde el modelo Aeneas de Google DeepMind restituye y data inscripciones latinas desde el 23 de julio de 2025.
Allí se abre la tensión entre 2 regímenes de verdad, ya que en la matemática y en la química la legitimidad de un hallazgo se desplaza del origen hacia la verificación, con el sistema formal Lean o el ensayo clínico como instancias que absorben la pregunta por quién descubrió, mientras la filosofía, la literatura y las artes entienden la verdad como búsqueda atravesada por la experiencia, el tiempo, la memoria y la cultura, de modo que el valor de una obra depende de que alguien haya vivido, elegido y respondido por cada palabra; en los hitos científicos reseñados el ser humano conserva la formulación del problema y la validación del resultado mientras la máquina asume la producción, reparto de funciones que la ciencia tolera porque su verdad es comprobable y que la literatura difícilmente puede asimilar sin disolver aquello que premia, de ahí que en el caso de Silva Rojas el porcentaje de un detector intente ocupar el lugar de una verificación que la obra literaria no admite, porque lo que allí se discute es la existencia de una experiencia de escritura, inaccesible a la comprobación formal.
TEXTO, SÍMBOLO Y PROPIEDAD DEL LENGUAJE
Como encarnación del lenguaje, el texto fija en una grafía la reflexión y la experiencia de quien escribe que, al circular, funda una comunión colectiva con quien lee, de modo que la escritura ha sido una de las formas en que una sociedad establece su principio de realidad, lo transmite como conocimiento y lo convierte en comportamiento; ese horizonte simbólico tiene hoy una contraparte automatizada, programada sobre el lenguaje acumulado de la humanidad, mientras los mecanismos que enseñan a las máquinas a producir texto son propiedad privada de un número reducido de compañías, en su mayoría con sede en Estados Unidos, que diseñaron también la arquitectura de captura de la atención de las plataformas digitales.
Acerca de esa arquitectura escribió Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Escuela de Negocios de Harvard, en «The Age of Surveillance Capitalism» (2019), donde describe el excedente conductual como el residuo de datos de comportamiento que las plataformas extraen para predecir y modificar la conducta, análisis que alcanza las economías de la acción y se detiene antes de la producción artificial de conocimiento; el momento actual prolonga su diagnóstico, porque los dispositivos que capturaron la atención mediante el desplazamiento infinito, las notificaciones y el estímulo de recompensa acumularon también la escritura humana, excedente cognitivo interactivo que se internaliza como insumo de entrenamiento para regresar como servicio de suscripción a quienes lo produjeron.
Una salida distinta propone la socióloga italiana Elena Esposito, de las universidades de Bielefeld y de Módena y Reggio Emilia, cuando en «Artificial Communication» (2022) aconseja abandonar la analogía con la inteligencia humana y entender estas máquinas como participantes de la comunicación social; desde ese enfoque, un premio literario es un sistema de comunicación cuya condición de funcionamiento es la confianza en la identidad de quien escribe, confianza que el texto sintético indistinguible vuelve difícil de garantizar por la sola lectura y que los concursos intentan restituir con declaraciones juradas y detectores.
Frente a esa sustitución, el filósofo Yuk Hui, catedrático de la Universidad Erasmo de Róterdam, propone en «Machine and Sovereignty» (2024) una matriz fundada en la biodiversidad, la noodiversidad y la tecnodiversidad, dentro de la cual la noodiversidad, pluralidad de las formas de pensar, es lo que se pone en juego cuando un mismo detector decide qué cuenta como escritura humana en el español de los Andes y en las lenguas heredadas por las antiguas colonias, porque la homogeneización de los criterios de autenticidad acompaña a la de los modelos que generan el texto.
Desde el Instituto de Filosofía de la Academia China de Ciencias Sociales, Zhao Tingyang planteó en un diálogo del Instituto Berggruen con científicos de la computación la pregunta de si la humanidad necesita estas máquinas para trabajar en su lugar o para pensar en su lugar, pregunta que retoma en «The Future of Bi-Subjectivities» (2026), versión inglesa de su libro sobre el mito o la elegía de la inteligencia artificial, donde ordena su reflexión en torno a la divisoria que abrieron los grandes modelos de lenguaje, discute la ética dominante de estas tecnologías y considera alta la probabilidad de un nuevo despotismo fundado en el principio de que el servicio es poder; ese despotismo prescinde de la coerción y opera por indispensabilidad, cuando la redacción, la corrección y la certificación de los textos dependen de servicios cuyo propietario fija las condiciones de acceso, situación que el caso de la novela premiada vuelve concreta al mostrar a un escritor peruano suspendido entre el servicio que pudo escribir por él y el servicio que dictamina si lo hizo.
Con decisiones divergentes han respondido los Estados a la cuestión de la autoría, lo que confirma su carácter político, pues el Tribunal de Internet de Pekín reconoció en noviembre de 2023, en el caso Li contra Liu, derechos de autor sobre una imagen generada con Stable Diffusion en razón de la inversión intelectual del usuario, con una jueza ponente, Zhu Ge, que declaró haber fallado pensando en las industrias emergentes, la Oficina de Derechos de Autor de la India registró en noviembre de 2020 a la aplicación RAGHAV como coautora de la obra «Suryast» junto al abogado Ankit Sahni, registro negado por la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos, mientras en Rusia el Ministerio de Desarrollo Digital anunció el 4 de septiembre de 2025, en la Feria del Libro de Moscú, un programa con Roskomnadzor para detectar amenazas en textos; la misma técnica que certifica la autoría sirve, según el Estado que la adopte, para proteger una industria o para censurar.
Sobre el desierto de Ica que describe la novela, el agua bajó libre de la sierra y terminó extraída de pozos, distribuida por turnos y puesta a producir para la exportación, trayecto semejante al que hoy recorre el lenguaje, que circuló como bien común entre quienes escriben y quienes leen y ahora se extrae de la escritura acumulada, se distribuye por suscripción y produce textos para un mercado cuyo certificador es otra empresa privada; la suerte de Silva Rojas se decidirá con los materiales de su proceso de escritura, en tanto la cuestión de fondo concierne a la soberanía sobre el lenguaje en países como Perú y Colombia, que aportan su escritura y sus datos a esa infraestructura sin participar en la definición de sus reglas.
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Nota editorial. La investigación, las tesis, la estructura y el criterio editorial son del autor. La búsqueda y verificación de fuentes y la composición tipográfica se realizaron con asistencia de inteligencia artificial (Claude, de Anthropic), y se declara por coherencia con la transparencia en el uso de estas herramientas.



