Por: Carolina Zubiría
En Valledupar vive un hombre que no solo cuenta historias… las ha vivido.
Y en cada una de ellas ha encontrado una razón para escribir.
Ricardo Antonio Arias Ortiz nació el 6 de enero de 1936 en el corregimiento de Barrancavieja, municipio de Calamar, en el departamento de Bolívar. Su origen está profundamente ligado a la cultura afrocaribeña, una herencia que no se aprende en libros, sino que se transmite a través de la vida misma.
Su madre era de origen palenquero. Su padre, nacido en San Juan Nepomuceno, llevaba en su sangre ancestros provenientes de Colón, Panamá. En su familia, las tradiciones no eran un concepto abstracto: eran una forma de existir. Los cantos, las décimas y el bullerengue hacían parte del día a día. Su abuelo paterno era decimero, su abuelo materno cantaba, y su madre también llevaba la música en la voz.
Pero la vida no fue sencilla.
Siendo apenas un niño, su madre quedó viuda con siete hijos, enfrentando sola la responsabilidad de sacarlos adelante. Fue entonces cuando Barranquilla se convirtió en un nuevo comienzo. Allí, trabajando en una casa de familia, logró brindarle a Ricardo algo que marcaría su destino: la oportunidad de aprender a leer.
En ese espacio, rodeado de una biblioteca extensa, descubrió un mundo que hasta entonces le era ajeno. Los libros no solo le enseñaron a leer, le enseñaron a mirar la vida de otra manera. Entre esas páginas encontró la poesía, y aunque en ese momento no lo sabía, ese sería el inicio de su camino como escritor.
Su primer acercamiento fue con un libro antiguo titulado Doloras y Humoradas de Ramón de CampoAmor. Desde entonces, la palabra comenzó a tomar forma dentro de él.
La vida, sin embargo, lo llevó por distintos caminos. Ingresó al ejército y vivió experiencias que lo marcaron profundamente. Más adelante, al salir, regresó a Barranquilla en busca de trabajo, pero no lo encontró. Como muchos colombianos, decidió migrar a Venezuela, motivado por la promesa de mejores oportunidades.
La realidad fue otra. Fue detenido por la Guardia Nacional y, junto a decenas de personas, deportado de regreso a Colombia. Llegó a Maicao con casi nada. Apenas cinco pesos y la necesidad urgente de empezar de nuevo.
Y lo hizo…
El campo se convirtió en su sustento. Sembró maíz, yuca, frijol, arroz. Trabajó la tierra con las manos, con esfuerzo, con disciplina. Más adelante, llegó a administrar cultivos de algodón, consolidando una etapa de estabilidad en medio de una vida que había estado marcada por la incertidumbre.
El destino lo llevó al Cesar, una tierra que no estaba en sus planes, pero que terminó siendo su hogar. Allí formó una familia junto a su esposa, Magalis Noriega Pérez, con quien tuvo cinco hijos: Ricardo Luis, Héctor Julio, Magali Esther, Edina María y José Gregorio.
En medio de esa vida construida a pulso, la escritura regresó. Lo que alguna vez había comenzado como una inquietud se convirtió en una necesidad. Ricardo retomó la poesía y los cuentos, encontrando en ellos una forma de narrar su mundo, su historia y su identidad.
Así nacieron sus libros: Los cángeras tocan tambor, Los cuentos del TumbaCucharas y Canto negro. Obras que no solo contienen relatos, sino que recogen la esencia de una cultura viva.
Para él, la inspiración no es compleja. Está en lo cotidiano. Puede surgir al ver una mujer, una flor o escuchar el canto de un pájaro. Porque la poesía, en su vida, no es un ejercicio distante: es una forma de observar el mundo.
Su obra tiene un enfoque claro. Está profundamente inspirada en la cultura negra. No como una limitación, sino como un punto de partida.
Ricardo lo dice con claridad: para él no existen razas, existen culturas. Y escribe desde la que conoce, desde la que ha vivido, desde la que lo formó. Sus palabras nacen de su entorno, pero no se quedan en él. Están dirigidas a los palenqueros, a los costeños, a los vallenatos… y al mundo en general. Porque su poesía no excluye. Conecta.
Hoy, su historia no solo se conserva en su memoria, sino también en sus escritos. En cada verso, en cada cuento, en cada palabra, hay una vida entera que se niega a ser olvidada.
Ricardo Arias no es solo un escritor. Es el resultado de una historia de lucha, de identidad y de resistencia.
Una historia que, como sus letras, sigue viva.

