En el ajedrez político nacional, el nombre de Alfredo Saade vuelve a sonar, pero no por propuestas sólidas ni por un liderazgo arrollador, sino por sus constantes salidas en falso que lo han convertido en blanco de críticas.
Aunque intenta proyectarse como una figura presidencial cercana a los ideales de Gustavo Petro, lo cierto es que dentro del mismo petrismo muchos lo ven como un dirigente sin peso real, incapaz de construir una candidatura seria. Su imagen de “representante del cristianismo progresista” ha terminado opacada por frases desatinadas, anuncios sin sustento y contradicciones que restan credibilidad a su discurso.
Saade ha querido mostrarse como el puente entre la fe y la política, pero en la práctica sus intervenciones públicas han dejado más dudas que certezas. Promesas grandilocuentes que nunca despegan, discursos cargados de oportunismo y una estrategia política sin norte hacen que más de uno lo catalogue como un “candidato de papel”.
Su cercanía con Petro, en lugar de fortalecerlo, ha abierto una grieta: sectores alternativos consideran que usa esa relación para darse protagonismo, mientras desde la oposición lo ven como un intento fallido de extender el proyecto político del actual mandatario.
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En un escenario donde la ciudadanía exige seriedad y resultados, Saade aparece más como un personaje de coyuntura que como un presidenciable real. Sus pasos erráticos, su falta de estructura y su debilidad política hacen que, por ahora, su nombre pese más en el terreno de la polémica que en el de las posibilidades.

