Por: Andrés Molina (RG)
En un país donde la memoria es frágil y la desvergüenza parece un requisito para escalar en la política, Alfredo Saade, jefe de despacho del gobierno Petro, ha decidido elevar el arte del cinismo a nuevas alturas. En una entrevista con La Silla Vacía, Saade se lanzó a la titánica tarea de reescribir la historia de su hermano, William Saade, un condenado por peculado que, según él, no es más que una víctima incomprendida del sistema. ¡Oh, qué conmovedor! Permítanme secarme una lágrima antes de seguir.
William Saade, para los que no tienen el placer de conocer su ilustre trayectoria, fue condenado en dos instancias por desviar más de 20 mil millones de pesos destinados a la educación en el Cesar, cuando fungía como secretario de Hacienda en la gobernación del Cesar (1998 – 2000) por el famoso escándalo de FER (Fondo Educativo Regional, adscrito al ministerio de Educación).
¿En qué consistió el caso Fedecesar? En resumidas cuentas, entre los años 1990 y 2000, varios funcionarios de Fedecesar (entre ellos, el representante legal, el tesorero y el almacenista) suscribieron sendos contratos ficticios con empresas de fachada, cuya sumatoria superó los $20.000 millones. Los contratos supuestamente eran para la compra de diccionarios, material didáctico, pintura para escuelas y colegios, y la redacción de ejemplares de un atlas del departamento del Cesar. Dichos contratos nunca se ejecutaron.
La Fiscalía demostró que no se realizó una selección objetiva de los contratistas, y se omitió en forma deliberada la licitación pública de contratos. Pero lo funcionarios de Fedecesar no actuaron solos. Para lograr el desembolso de las sumas establecidas en los contratos contaron con la complicidad del secretario de Hacienda, del de Educación (Wilson Molina Jiménez) y del director de la Oficina de Proyectos Especiales de la Gobernación (William Rincón Cortés), sin cuyos vistos buenos, hubiese sido imposible la materialización del desfalco. Por todo ello, los sindicados fueron condenados por los siguientes delitos: peculado por apropiación, contrato sin cumplimiento de requisitos legales, falsedad en documento y fraude procesal. Esa es la breve historia de uno de los mayores casos de corrupción del Cesar.
Sí, leyeron bien: recursos para las escuelas, para los niños, para el futuro de un departamento ya de por sí golpeado por la pobreza. Pero, según Alfredo, esto no es más que un malentendido, una persecución política orquestada por los “super amigos” el fiscal Gustavo Osorio, el procurador Edgardo Maya, el vicecontralor José Félix Lafaurie y el cartel de la toga de la Corte Suprema de Justicia; es decir, apenas una mancha que él, con su verbo grandilocuente y su pose de pastor redentor, está dispuesto a limpiar. ¡Qué nobleza! Uno casi podría creerle, si no fuera porque los hechos, esos tercos enemigos de los mentirosos, cuentan otra historia.
El descaro de Saade en la entrevista es digno de un Oscar al mejor guion de ficción. Con una mezcla de indignación fingida y solemnidad de telenovela, asegura que su hermano no es un corrupto, sino un mártir. ¿Prófugo de la justicia desde 2000? Detalles menores. ¿Condenado a 16 años de prisión por robarse el dinero de los más vulnerables? ¡Na! Gajes del oficio. Según Alfredo, William es apenas un chivo expiatorio, una víctima de los poderosos que, curiosamente, no han impedido que Alfredo se pavonee en los pasillos del poder, codeándose con el presidente y lanzando sermones desde su púlpito en la Casa de Nariño.
Es casi poético el contraste: mientras William Saade evade a las autoridades, Alfredo se dedica a predicar moralidad y a venderse como el adalid de la transparencia. ¿No es esto el colmo de la hipocresía? Uno se pregunta si, en las noches de insomnio, Alfredo se mira al espejo y practica esas caras de inocencia que despliega ante las cámaras. Porque, seamos serios, convencer a un país de que tu hermano ladrón es un héroe requiere no solo audacia, sino una desconexión absoluta de la realidad.
LE SUGERIMOS. Valledupar despide al intendente Cristian García, víctima de la delincuencia
Y qué decir de su argumento estrella: que la condena de William fue un complot de las élites para impedir que su hermano fuese, en su momento, el próximo gobernador del Cesar. Además de bufón, vidente. ¡Por favor! Si las élites fueran tan eficientes en sus conspiraciones, no estaríamos viendo a Alfredo ocupando un cargo clave en el gobierno. Tan falaz como su ‘humilde’ respuesta a la pregunta de cómo llegó al cargo, cuando afirma que “el presidente me citó acá, hace como un mes y me propuso que si quería ser el jefe de despacho, yo estaba en mi campaña, en mi precampaña a la presidencia de la república, y me dijo que me necesitaba, y le dije que si”, salvo que entendamos por precampaña o campaña repostear todo lo que el presidente publica, o publicar trinos adulatorios al mandatario o al gobierno.
La verdad es más sencilla, pero menos conveniente para su narrativa: William robó, fue juzgado, condenado y, en lugar de enfrentar las consecuencias, decidió darse a la fuga. Punto. No hay persecución política que valga cuando las pruebas son tan abrumadoras que hasta Leandro Díaz las vería.
Pero Alfredo no se rinde. Con la tenacidad de un vendedor de cremas milagrosas, insiste en que la historia de su hermano debe ser revisada. ¿Y por qué no? En un país donde los corruptos se reciclan como si fueran botellas de plástico, no es descabellado pensar que alguien podría tragarse el cuento. ¿No era acaso la intención del súper corrupto Emilio Tapia con la entrevista light de Eva Rey, al lado de su pareja Saray Robayo?. Total, la amnesia colectiva es un recurso renovable en Colombia. Sin embargo, Alfredo subestima a los ciudadanos que, aunque cansados, aún tienen algo de olfato para detectar el tufo a farsa.
Lo más irónico de todo es que Alfredo Saade, no solo defiende a su hermano, sino que lo hace desde una posición de poder, como jefe de despacho, como si su cargo le diera un pase libre para redecorar la verdad. ¿No es esto el colmo del descaro? Mientras ocupa un puesto que debería inspirar confianza, se dedica a blanquear el historial de un condenado, como si los colombianos fuéramos tan ingenuos que vamos a comprar su cuento de hadas.
En su cruzada por limpiar el nombre de su hermano, termina ensuciando el suyo. Cada palabra que pronuncia en esa entrevista es un recordatorio de que el cinismo no tiene límites. Mientras defiende lo indefendible, se pinta a sí mismo como un hombre incapaz de asumir la verdad, un político dispuesto a retorcer la realidad con tal de salvar su imagen y lograr sus objetivos, bajo los medios que sean necesarios. Y, de paso, pone en evidencia la fragilidad de un gobierno que dice combatir la corrupción, pero permite que figuras como él ocupen cargos de poder.

