Por: Ubaldo Anaya Flórez
Por todos los rincones ya huele a abril. Ese intenso aroma que penetra nuestros sentidos convertido en un hermoso sonar de instrumentos que se transforma en música con sabor a tierra seca. Es el mismo aroma de las eternas trinitarias que florecen cuando el sol pega más fuerte.
Es el sonar de los acordeones en cada esquina, alistando sus fuelles y pitos para alegrar la vida. Son las mujeres bailadoras con sus polleras florecidas danzando al sonar de la canción que identifica al desfile que abre las puertas del festival. A su lado, los hombres agarrando suavemente sus caderas para danzar juntos y fundirse un en suspiro eterno.
El aroma de abril es eterno. Está enraizado, como las ceibas, en los corazones de quienes habitamos aquí. Es el mismo aroma que charrasquea en las guacharacas y retumba en las cajas de quienes ensayan en cada patio los viejos ritmos vallenatos para aspirar a la máxima corona. Esa corona, en muchos de ellos, no se posará en su cabeza. Se quedará en el recuerdo que guardarán sus corazones al recibir la ovación de cada asistente a los concursos.
Abril también tiene un aroma a tierra mojada. A esa lluvia que moja a los danzantes que recorren las calles cuando apenas el festival abre su boca. ¡Porque no hay piloneras sin lluvia!
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En los patios grandes de las viejas casonas; en las terrazas de las nuevas viviendas. En los parques y en las calles, abril deja correr su olor intenso a vallenato. Ese que se toca y se canta con el alma. Ese que habla del amor, de las parrandas hasta el amanecer. Ese mismo que convierte a la mujer en centro de su inspiración. Pero también le canta al río, a la montaña, a los pájaros. Al verano mismo.
¿Qué me gusta de abril? Su alegría, su sabor a música vallenata que brota en cada poro de la ciudad. Sus históricas viviendas y callejones que se llenan de nostalgia; de gente que cuenta cuentos fascinantes y que muchos de esos cuentos quedaron plasmados en las letras inmortales del vallenato. Como la famosa pelea de Francisco el Hombre con el Diablo.

Indudablemente, abril tiene un aroma distinto al resto del año. Sus canciones nos mueven el alma. La ausencia sentimental nos hace volver a esta tierra en este mes de canciones, versos y poemas que brotan de cada compositor. Los encuentros en el río, en los patios, en las casas. Los sancochos calientan el alma y nos llenan de energía para vivir un mes cargado de alegría y paz para recibir a los visitantes, a quienes recibimos bailando, gozando, cantando. En fin, ¡parrandeando!
Es el momento de abrir nuestros corazones, dejar que nos inunde el aroma y que la música vallenata nos lleve por este largo recorrido de 30 días que nos dejarán plenos de momentos bonitos, historias inolvidables y música que alegra el alma.
¡Feliz abril para todos!

