Por: Cristian David Cárdenas Banderas
Antes de que el sol se ponga la tarde del próximo domingo 19 de junio, seguramente ya conoceremos, tras el preconteo de la Registraduría Nacional, el resultado de la contienda electoral que definirá quien sucederá el mando de nuestro país, cuyas expectativas por parte del sector votante no bajan de un futuro utópico y esperanzador, prometido por los candidatos que buscan la presidencia de esta, nuestra República de Colombia.
Por mi parte en un acto de terquedad política, como tibio confeso, acepto que votaré en blanco, para convertirme en un espectador libre de culpa de lo que puedan ser los logros y fracasos del próximo caudillo nacional. He de confesar que busco expiar mi pecado acusando con anticipación en esta columna los venideros pecados de dos proyectos políticos que dan mucho que pensar, ante propuestas sumamente riesgosas, provenientes de dos señores populares y dicharacheros, futuros líderes de un Jardín del Edén latinoamericano (según sus ideas).
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Así, mi delito consagrado en un futuro voto en blanco, surge de la preocupación por tanta ambición, creadora de proyectos frágiles con bases temblorosas que pueden caer y tirar todo abajo, por aquella pretensión que algunos han nombrado como el Síndrome de Adán. Esa constante lucha de egos con la que quieren llegar «pateando la mesa» y borrar todo rastro de aquello previo a su gobierno, es el deseo de evitar darle crédito alguno a los pocos logros de sus predecesores, aunque esto signifique simplemente renombrar lo que ya funciona y atribuirse el triunfo como propio.
Un “borrón y cuenta nueva” puede ser pintado como la única solución que finalmente convierta a Colombia en una potencia mundial (válgase el pesimista sarcasmo), pero ¿Iniciar de nuevo?, ¿Para qué? Ante esta duda algunos lectores que estén en este punto del texto pensarán que soy un imbécil, amante del continuismo que guarda dentro de sí un uribista reprimido clamando a gritos ser liberado.
Sin embargo, lamento decepcionar al confesar que, como la mayoría de los colombianos, considero a Iván Duque como un lamentable intento de sucesor natural de Álvaro Uribe, que resultó en un completo fiasco ante la inexistencia casi total de aquello que obnubila la vista de nuestro país en pasado llamado guerra.
Pero, hay cosas que funcionan, de una forma misteriosa y casi divina; nuestra economía logra mantenerse fuerte y en constante crecimiento; existe la democracia más estable del continente; e incluso en más de una ocasión llegamos a creer que somos el país más feliz del mundo, en una Colombia que se mantiene como nación a pesar de sí misma, tal como tituló David Bushnell su libro más reconocido.
Entonces reitero mi pregunta, ¿Para qué? ¿Dónde quedaron las propuestas moderadas? ¿Por qué irnos a los extremos? Nuestra política se convirtió en un juego a dos bandas, con sus extremos claramente demarcados (aunque sumamente parecidos). A mi pesar y con dolor acepto solemnemente que ya no existe una opción de centro, destruido en las urnas y cuyas ruinas fueron rápidamente recogidas para fortalecer los muros que nos separan.
Los recientes escándalos, grabaciones, audios y demás, dejan en claro que las próximas elecciones serán un riesgo que los votantes asumieron tras su decisión en primera vuelta, del cual, yo, cobarde pero sinceramente, no me atribuyo ninguna responsabilidad, pero por mi ciudadanía tendré que pagar las consecuencias.
Confieso que tras el pasar de los días no hago más que cruzar los dedos para sea lo que sea que ejecuten estos candidatos si llegan a la presidencia, haga que me trague mis palabras y reconozca sus logros, pero de lo contrario sólo me quedará ser víctima de la democracia mientras mi conciencia tranquila me recuerde que no tuve culpa alguna en lo que espero, no sea uno de los mayores errores que ha de cometer el electorado.

